Globalizar la solidaridad corporativa para rescatar al periodismo africano

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El regreso a casa de Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova, el pasado 29 de marzo, tras 194 días de secuestro en Siria, viene a culminar el alivio y la alegría que suscitó la primera puesta en libertad de otro reportero de guerra español, Marc Marginedas y que la sociedad española, en su conjunto, vivió y celebró a principio de mes.

¡Qué placer, qué alegría, qué satisfacción…! saber cómo se han movilizado sus familias respectivas tanto biológicas como profesionales y, cómo no, el gobierno español para alcanzar el afortunado desenlace. Una vez más, he visto cómo la solidaridad corporativa puede con la opresión más bestial, venga de donde venga y cómo la movilización diplomática logra llegar hasta donde fracasa incluso el sentido común del ser humano. En este caso, han conseguido (los dos juntos) originar el triunfo de la libertad de expresión y del derecho de información. Pues por un momento me he sentido orgulloso de la fuerza de esta globalización de la solidaridad.

Pero en la ocasión de la celebración de este gran momento, me he quedado sobre todo con una precisión muy significativa y destacable de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) en su declaración con respecto a dicha liberación: “Espinosa, García Vilanova y Marginedas asumieron el compromiso fundamental del periodismo de buscar incansablemente la verdad para desvelar lo que los poderes quieren ocultar. Los secuestros de periodistas suponen una intolerable vulneración de la libertad de expresión y del derecho de información.” Estas palabras evidentemente ciertas de la FAPE me han más que removido la conciencia, llevándome a pensar en otros muchos compañeros nuestros, que siguen atravesando situaciones similares a las de los tres españoles: rehenes de hecho en sus propias tierras donde siendo “culpables” de demasiado compromiso con la búsqueda de la verdad, se les niegan cualquier forma de libertad.

En efecto, son muchos los periodistas africanos secuestrados por sus propios gobernantes. Ellos no son necesariamente reporteros de guerra ni son retenidos por una de las supuestas bandas rivales. Sólo cuentan el día a día de sus compatriotas, las noticias diarias de su querida patria. No obstante, no solamente se les está prohibido informar de todo lo que ellos consideran relevante para aclarar la opinión y ponerlo al conocimiento de los ciudadanos sino que los más atrevidos que se permiten violar la prohibición son estrictamente vigilados y no pueden salir del territorio nacional a su antojo. Y dónde mejor que en una cárcel para asegurarse de la eficacia de semejante vigilancia. Vamos, un secuestro en toda regla… En este caso, el “secuestrador potente” no pide ningún rescate; ¡NO…! él no lo necesita. Su codiciosa exigencia se limita al silencio absoluto del “informador molestador” y punto. O ¡SÍ…! Cuando se trata de poner multas exorbitantes a periodistas en lugares donde los supuestos delitos de prensa no son castigables por penas de cárcel.

En la otra punta del mundo, esta es la otra forma de secuestrar a periodistas que, como Espinosa, García Vilanova y Marginedas, buscan “incansablemente la verdad para desvelar lo que los poderes quieren ocultar”. Si informar en tiempos normales, es decir en condiciones socio-políticas normales, resulta tan peligroso sobre el continente africano como lo es en las propias zonas de guerra, ¿qué más pruebas necesitaríamos para darnos cuenta de la evidencia de que casos como el de “Javier-Ricardo-Marc” que tanta indignación justificada ha suscitado por aquí, por desgracia, no es más que suceso rutinario bajo el sol africano? Por supuesto que se trata de un tipo de secuestro singular; menos ruidoso, basándose en la censura o la autocensura en una sociedad caracterizada originalmente por el “raquitismo informático”.

Siento como un deber moral y solidario solicitar más apoyo para mis compañeros africanos que sufren el secuestro más silencioso que pueda existir en nuestra época, aplastados por el olvido del resto del mundo. No podemos y no debemos olvidarles con el pretexto o con la excusa de estar lejos de su mundo geográfico. El aislamiento programado de África del resto del mundo convierte la mayor parte de la prensa local en una prensa secuestrada por gobiernos pocos abiertos a la democracia con su consecuente opresión de la libertad de expresión. ¿Cómo podemos, entonces, permanecer indiferentes al calvario de cientos de compañeros? Hace falta una globalización de la solidaridad, la misma dinámica de solidaridad corporativa con la que fueron sacados de Siria Espinosa, García Vilanova y Marginedas para sacar también a los periodistas rehenes del totalitarismo que aterroriza África. Porque afortunadamente, hay todavía quienes no se rinden. Hay de esas almas valientes, de esas bocas insumisas y esas plumas rebeldes que siguen, desde la cárcel o desde su escondite, luchando para cambiar las cosas, para combatir esa “vulneración de la libertad de expresión y del derecho de información” a la que se refiere la FAPE en su declaración.

Por este motivo, a la hora de alegrarnos – y con razón – del final feliz del caso de los compañeros españoles, quisiera que todos tengamos (o ¿tuviéramos?) un pensamiento hacia todos aquellos que han perdido su propia libertad en su intento de garantizar la de los demás.

Simeón Atchakpa

Periodista

Publicado en http://www.afroredinfo.com/