Hace más de cincuenta años

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RINCONADAS:

Hace más de cincuenta años…

Fue aquel mi primer periódico, aquella mi primera redacción, donde pasé dos años y me hice cargo de lo que iba a ser la profesión para mí. Dejando aparte, claro está, todo lo no aprendido -¿o debería decir “lo no enseñado”?- en la vieja –ya nació así- Escuela Oficial de Periodismo. Mi entrada en el caduco edificio que entonces ocupaba el “YA”, en una calle inmediata al Retiro madrileño, de la mano de Bartolomé Mostaza, hombre cabal, observador, cachazudo, figura en el diario matutino –le llamaban el “sabiazo”- y estimable poeta, aunque amanerado y buscador de vocablos insólitos, fue escasamente alentadora. Una gran sala, unas pocas mesas enormes, unas cuantas máquinas de escribir Oliveti, techos altos, ambiente en penumbra. Por fortuna, estaban entonces trasladándose a un inmueble en la calle Mateo Inurria, muy próximo a la estación ferroviaria de Chamartín, con instalaciones modernas, con más luz y espacio.

La redacción era un conjunto variopinto de gentes, muchos excelentes personas de valía, entre los cuales fui bien recibido e hice buenos amigos. Quizás, con quien menos simpaticé fue con el director, un señor andaluz, apellidado Morcillo, que ordenaba borrar de las fotos a los que tenía, por una razón u otra y a menudo sin ella, inquina, diciendo. “¡que me quiten a ese Maúro de ahí”.

El redactor jefe, Rafael Salazar, era serio, competente, con cierto humor somarda y siempre muy correcto. Murió por entonces, en una pequeña clínica alemana, el que había sido nefasto dictador de Croacia, Ante Pavelic; fui yo el encargado de hacer una breve información. Me recibió, sin dejarme pasar, en la puerta del hotelito sede mortuoria del personaje, una monumental enfermera, alta, fuerte, hombruna, rubia, aria sin duda de gran pureza, imagen perfecta de aquellas guardianas de campos de concentración nazis que nos mostraron tantos filmes, y se limitó a confirmarme que, en efecto, el gran hombre había fallecido. Se negó con sequedad a sumar algún otro dato. Volví al periódico y Salazar me dijo: “cinco líneas y que en paz descanse”. Y, dicho esto, agregó con desprecio: “si puede”.

En aquel lugar, se exponía uno a tropezar por los pasillos con obispos y jerarcas de lo más ortodoxo, aunque nunca con una camisa azul. Se ve que todas estaban almacenadas en “Arriba”, sobre todo. De hecho, yo me crucé más de una vez con quien luego fue arzobispo de Zaragoza, monseñor Cantero Cuadrado, siempre pausado, saludador y paternal, miembro del Consejo de la Editorial Católica, a la cual pertenecía el diario. Entre los redactores, había uno, ya veterano, de apellido Angulo que, cuando se reunían los miembros de dicho Consejo, pasaba ante la puerta cerrada del salón de sesiones y se ponía a gritar: “¡Arrepentíos, pecadores! ¡Rezad por vuestras almas y no traméis más maldades, que el Señor os mira!”. Sólo la suerte de que todos lo tuvieran por loco le libraba de represalias.

No eran pocos los redactores entrados en años, pintorescos, como nos decían que abundaban en los periódicos antiguos, aquellos de una mesa grande y común, tinteros y plumines –“corona” o “gallo”, que los de mi generación conocimos aún en la escuela-, extravagantes algunos y bohemios. Estaba, por ejemplo, el cronista de toros, por seudónimo Paco Cañizares –espero no equivocarme, los recuerdos suelen hacernos caer en error-, un hombre mayor, con una voz muy ronca y aguardentosa: “vienen a decirme unos majaderos que cuántas primaveras tengo: ¡A mi edad no se cumplen primaveras, se cumplen inviernos!” O bien. “se extrañan de que he permanecido soltero; con esta voz que tengo, cada vez que me acercaba a una mujer y le soltaba un bocinazo, salía huyendo despavorida!”. Era un fumador empedernido de puros habanos Montecristo, no se le caían de la boca: alardeaba de no haber aceptado nunca un solo “sobre” de ningún torero, como era costumbre inveterada. Y Salazar le respondía, con tono entre burlón y tajante; “ calla, Paco; que tampoco has dejado de fumar cigarros de lo mejor; y no nos digas que los pagas de tu sueldo…” Se hacía, entonces, un silencio profundo, roto solo por las carcajadas unánimes de los compañeros.

Otro personaje inefable era el “viejo Lucas”, del que no me consta su apellido. Muy entrado en años, era alto, corpulento, reñidor. Había sido, en su juventud, miembro de la Guardia Real y conservaba el porte militar propio de un Cuerpo escogido. No se le conocía más que por sus crónicas de caza, que solía escribir en un lenguaje similar y supuestamente cervantino, como si se tratara de hazañosos hechos del mismísimo don Quijote, estilo arcaico y completamente absurdo “a la sazón”. Le enfurecían los datos estadísticos–: “¡je, la estadística, me río yo; aquí leo que en estas Navidades, cada madrileño se ha bebido dos botellas de champán. Y digo yo: como no bebo, ¿quién es el sinvergüenza que se ha bebido mis dos botellas?”. Cosas así, continuamente. Se ponía al teléfono, respondiendo a una llamada y se le oía gritar de manera estentórea :”¡Hombre, malandrín, hideputa!, ¿qué es de tu vida?”. Raúl Santidrián, joven aún y algo revoltoso, advertía, con sorna: “nadie se sobresalte, está hablando con un amigo”.

Juan Peñafiel, que firmaba “Fielpeña”, dirigía la sección de deportes. Veterano ya, irreductible madridista, solía transcribir las crónicas de los partidos fuera de casa del Madrid F.C. –parece que, en aquellos tiempos “apolíticos”, no estaba bien visto lo de Real- que enviaba por teléfono el enviado especial, aquel antiguo y fabuloso portero Eduardo Teus. Una noche, éste le relataba el partido de Liga del club en alguna ciudad del sur y atribuyó la reacción y posterior buen juego y victoria a un determinado jugador. El bueno de Fielpeña le interrumpió: “Hombre, Eduardo, que ése no ha jugado, que ni siquiera ha viajado con el equipo…” Y Teus: “¡Ah, bueno! Pues mira, escribe lo que quieras, que lo sabes mejor que yo” Y colgó. Fielpeña solía quejarse de que los amigos le decían que cada vez escribía con un estilo más parecido al de Teus: “¿cómo no voy a parecerme, si hace años que soy yo quien redacta las crónicas que firma él?”

La verdad es que el resto de los compañeros de redacción eran personas normales, aun con sus pequeñas manías. Como el redactor municipal, Hernández Morcillo -no tenía parentesco con el director, pese a la coincidencia de apellidos-, muy buena persona, que se firmaba simplemente “G”. Capricho que explicaba medio en broma: “es decir, GE, YO en francés”. Y se quedaba tan ancho. Los otros eran buena gente y uno, Manuel Calvo Hernando, mi jefe directo en la sección de huecograbado, llegó a ser excelente amigo mío, como me lo demostró con ejemplar apoyo, en varias ocasiones. Todos se ocupaban en hacer lo mejor posible su trabajo, en aquellos tiempos de teléfono, teletipo y fieles y calurosas linotipias. Y el día a día solía ser tranquilo e incluso, dadas las circunstancias, rutinario e insípido. Sólo dos acontecimientos lograron sacudir, de modo exagerado e incomprensible para mí, aquella inercia resignada y cautiva. Las narraré, como final de este ya largo artículo.

Uno de esos hechos fueron las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Se enfrentaban, como es sabido, Kennedy y Nixon. Recogidas con rapidez por los teletipos, comprobé con sorpresa que en la redacción eran seguidas con desmedida pasión por casi todos. Y cuando ya se perfiló como ganador el primero, reinó un entusiasmo y un alborozo insólito. Parecía el triunfo de un familiar con cuya victoria se jugaran algo esencial. En principio, podía creerse que la índole política del nuevo presidente, demócrata y nada simpatizante de las dictaduras, habría debido disgustar más que alegrar a un periódico español de derechas. Hasta que averigüé la causa de tanto júbilo: de los dos, solo Kennedy ¡era católico! O, lo que es igual: de los nuestros, del bando de los buenos, gracias a Dios. ¡Albricias! Procuré no descubrir mi estupor ni osé reírme.

La otra fue el fervor, la adhesión infinita, el orgullo descomunal despertados por la boda de Fabiola de Mora y Aragón con el rey Balduino de Bélgica. No llegué a comprender la ola de devoción que llegó a inundar la redacción, el amor apasionado que despertó en más de uno aquella novia de la nobleza española, que no se había distinguido hasta entonces en nada, salvo en escribir un pequeño libro de cuentos para niños, destinado a pasar sin pena ni gloria. A mí, dicho con todo respeto, me parecía ñoña, nada atractiva, insignificante. Y puedo asegurar que no hay ni atisbos de iuris iniuriandi en estas palabras. Ni entonces ni ahora.

Al contrario de lo que estas líneas, mal interpretadas, podrían apuntar de crítica y aun de mofa de la experiencia de dos años en aquel periódico capitalino, he de proclamar que en él aprendí mucho de la profesión y que el aprendizaje fue básico para el desempeño posterior de mi larga vida laboral. Aparte, ya lo he citado, de regalarme la amistad probada de Manolo Calvo, no hace mucho tristemente fallecido.

José H. Polo

Periodista