Mercenarios

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Decía Campanilla, la inseparable compañera de Peter Pan, que cada vez que alguien afirmaba “no creo en las hadas”, en algún lugar moría una de ellas. Si por cada vez que he escuchado a un compañero periodista decir “yo ya no creo en el periodismo” alguno de nosotros hubiera muerto, ya no quedaríamos ninguno. Y es que cada vez son más los desencantados que, decepcionados de una profesión ingrata deciden abandonarla mientras pueden, al ver que este barco se hunde; o peor, optan por abotargarse y sobrevivir como pueden, ahorrando energía como garrapatas para esperar tiempos mejores. Lo más triste es que muchos de ellos aún sienten agradecimiento por atesorar las migajas de poder dedicarse a aquello que les gustaba mientras otros se quedan en la cuneta, y enjugan sus miserias en la queja estéril de las cañas compartidas y el paupérrimo consuelo del “podría ser peor”. Y así, poco a poco, la media de la satisfacción, la dignidad y el salario profesional van bajando, mientras la resignación y la pasividad van subiendo. Al mismo tiempo, en las universidades, nuevas hornadas de inconscientes se preparan para el mercado laboral, como carne de cañón, dispuesta y feliz de ser explotada.

Atrás quedaron los tiempos de defender causas justas, de poder denunciar Watergates, de creer que nuestro trabajo servía a un fin noble y útil para la sociedad, de ser enfants terribles, idealistas, creativos, independientes y librepensadores. Tarde hemos tenido que asumir que no somos ya niños perdidos sino que nos hemos convertido en piratas. Mercenarios que ponemos nuestra espada o nuestra pluma al servicio de señores que ni entienden ni aprecian nuestro trabajo, o que ni siquiera dan la cara, ya que ofrecen su mejor perfil a través de una pantalla que no hace preguntas. En mala hora crecimos y vendimos nuestras lealtades, metimos a los accionistas en los despachos de redacción para tomar decisiones y convertimos a los compañeros en competidores. Colegas que se transforman en trepas que persiguen sus propios fines y que sólo se relacionan con aquellos que les son útiles. Pelotas que te sonríen pero te abandonan en la puerta de un despacho, que ellos sí traspasan, y donde olvidan rápidamente lo que era estar en la calle. Conocidos de una y mil batallas que antes de preguntar cómo estás, se interesan por dónde estás. Jugadores de póker e intrusistas de otros sectores que alardean de amigos, conocidos y colegas con los que apenas tienen trato. Cortinas de humo que a veces te saludan y a veces no. Garrapatas serviles que si pueden ponerte la zancadilla te la ponen. Arrieritos somos. Y en las ruedas de prensa nos encontraremos.

En “Nunca Jamás” se quedaron el compañerismo y el juego limpio, el ayudar a los demás, el aprender de los mayores, el enseñar a los becarios y el dignificar una profesión que tiene tanto de romántica como de cínica. Colaborar no es palabra que entienda de egos y, al igual que Peter Pan revivía a Campanilla con palmadas, muchos de entre nosotros llenan el agujero del desaliento con el aplauso vacío de un público efímero o de una corte de aduladores. Hemos hecho de aquello que amamos un negocio precario que vendemos al peso y a bajo coste, un coste cada vez más bajo. De ahí, la competencia desleal, el desencanto, la impotencia y el círculo vicioso en el que se mezcla todo, a pesar de la moda, nacida de la necesidad imperiosa, de ser freelancer; curioso eufemismo anglófono de decir autónomo forzoso. Quijotesco desgraciado que embiste los molinos de la multifuncionalidad, la mal llamada flexibilidad laboral, el periodismo multimedia, el hombre orquesta y el enchufismo, olvidando que, en el momento en el que nos volvimos mercenarios en vez de compañeros, metimos al enemigo dentro.

 

Leonor Carnicer

periodista