Ana Palacios y los mundos olvidados

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SILVIA LABOREO

Desde pequeña, la fotoperiodista zaragozana Ana Palacios tenía un sueño: dirigir su propia película. Con la llegada de la adolescencia ese sueño se hizo más fuerte y cuando tuvo que decidir su futuro les dijo a sus padres que quería dedicar su vida a hacer cine. En su familia le preguntaron si estaba loca y le recomendaron que estudiara una carrera y que dejara eso del faranduleo. “Me dijeron, tú haz una carrera y luego ya veremos. Me planteé que carrera se podía parecer a cine, que me pudiera interesar, que fuera versátil, englobase temas de cultura… y decidí estudiar Periodismo”, cuenta la fotoperiodista. Se podría decir que Ana Palacios llegó al periodismo casi por accidente.

India Creciente. Fotografía: Ana Palacios
India Creciente. Fotografía: Ana Palacios

Nada más terminar la carrera, se fue a estudiar cine a la Universidad de California, en Los Ángeles. “Estuve dos años estudiando cine y trabajando, hice prácticas en cortometrajes y bueno, era maravilloso. Nos daban clase Spike Lee, Francis Ford Coppola…era impresionante los profesores que tuvimos allí”, recuerda.

Ana volvió a España con una única intención, trabajar en cine. Empezó de becaria en una productora y fue escalando posiciones. Se había dado cuenta que para dirección no valía y decidió encaminar sus pasos dentro de la producción de películas. “Esta parte de la industria engloba tareas muy diversas, desde llevar cafés hasta gestionar el presupuesto de una película”, explica la periodista. Ana siempre ha pertenecido al Service para extranjeros. Esta parte de producción hace referencia al equipo de gente local que  ayuda a las grandes productoras americanas cuando van a rodar a un país extranjero. “Ellos no van a saber gestionar una localización, encontrar un equipo de maquillaje local o un casting de extras tan bien como gente del propio país. Somos un grupo relativamente pequeño dentro de la industria del cine y siempre trabajamos de una manera un poco mercenaria. Daba igual si el guion de la película era bueno o malo, te llamaban y si estabas libre te incorporabas al día siguiente”, cuenta.

-¿Y cómo das el paso del glamour de Hollywood a retratar la realidad de países en vías de desarrollo?

-Dentro de mi labor como coordinadora de producción tenía que llevar a cabo acciones de logística; sobre todo viajes, alojamientos y mercancías del equipo técnico y artístico. De repente me encuentro en películas con un presupuesto de 200 millones de dólares en las que se consienten muchas excentricidades y en las que se alimenta de forma salvaje el star system y la industria de Hollywood.  Por ejemplo, tengo que hacer gestiones de miles de euros para cosas tan estúpidas como puede ser buscar un avión privado para traer el perro de un productor desde Los Ángeles a Barcelona. Toda la adrenalina, la diversión y la fascinación que me resultaba el cine, y me sigue resultando, empezaba a dejar un poso, un vacío de sinsentido dentro de mí. Toda esta situación empezó a afectarme personalmente y me hacía sentir vacía y triste.

Ana tiene un punto de inflexión, un detonante que hace que su vida de un giro de 180 grados; el programa Españoles por el Mundo en el que aparece la Fundación Vicente Ferrer. Era 2010.  Ana llevaba trabajando en cine 13 años y esa noche, frente a la pantalla de televisión, decide que quiere cambiar su vida.

La suerte de ser freelance es que te haces muy buscavidas, enseguida estás activada para el cambio. Algo hizo clic dentro de mí y me dije, quiero conocer ese otro lado. Nunca había tenido ninguna pulsión por lo solidario pero, de repente, ví a aquella chica de la Fundación Vicente Ferrer y vi también la ilusión con la que iba enseñando los diferentes espacios de la Fundación, la alegría que transmitía. Ahí fue cuando pensé, quiero saber de dónde nace esa alegría, eso que dicen que cuánto más das más recibes.

Al día siguiente Ana planteaba dirigirse a la Fundación Vicente Ferrer pero, antes, habló con su padre. “Le conté que tenía planeado ir a la India entre película y película para vivir otra experiencia. Fue entonces cuando mi padre me habló de las Hermanas Misioneras de Santa Ana, una congregación de Zaragoza y de una monja en concreto, Primi Vela, que trabaja en un orfanato de niñas en Bombay”, relata la fotoperiodista.

India creciente. Fotografía: Ana Palacios
India creciente. Fotografía: Ana Palacios

Ana se puso en contacto con ella y le preguntó qué podía hacer para ayudar. “Déjate de ayudas, eres periodista: ven, lo ves y lo cuentas”, le dijo la religiosa. “Me llevé la cámara y estuve tres meses visitando los orfanatos que la congregación tenía en la India”, explica la fotógrafa. Ana publicó estos trabajos en el blog de viajes de una amiga, hizo una exposición y empezó a vender las fotografías. Se dio cuenta que la gente se involucraba de alguna manera con todas esas historias de aquellas niñas y que quería ayudar. Comenzó a recaudar dinero, primero para una clínica móvil y luego para una depuradora de agua y para el apadrinamiento de niños. “Fui consciente de la importancia de lo que había hecho. Mis fotos tenían un sentido y estaban cumpliendo una función”, recuerda. Gracias a unas simples fotografías había gente que podía vivir mejor. Eso se convirtió en un mantra para Ana y también en una responsabilidad muy grande. Y se dio cuenta que, por fin, lograba esa satisfacción, esa emoción, la plenitud que ni siquiera el cine le había dado antes.

-Tras esos meses en la India decides tomar un rumbo nuevo en tu vida y dedicarte a la fotografía documental vinculada a los Derechos Humanos y a las ONGs. ¿Cuáles fueron los siguientes destinos?

 –Al principio fui un poco errática. Visité China con las Hermanas de las Anas, documentando leproserías, psiquiátricos y asilos. Me convertí en una becaria a los 38 años y, gracias a este giro de profesión, fui aprendiendo a la vez que andaba. También estuve en Israel, documentando los peregrinajes de enfermos en Jerusalén…. Hasta que decidí centrarme en África. Fue a raíz de una exposición dedicada a los albinos en Tanzania, que hizo que me enganchara con el África subsahariana. Es importante conocer una zona geográfica en profundidad para poder captarla mejor.

Fe líquida. Fotografía: Ana Palacios
Fe líquida. Fotografía: Ana Palacios

-Este primer reportaje sobre los albinos en Tanzania ¿Cómo surge?

-Caí por accidente. Me gustaría decir que lo busqué pero todo surgió en una charla con mi dermatólogo. Yo le contaba que había vuelvo hacía poco de Jerusalén, donde había estado retratando las peregrinaciones de enfermos y eso me había dejado muy tocada. Él me contó que ellos operaban de cáncer a niños albinos en Tanzania y me propuso ir y contarlo. Así arrancó todo. Estuve primero en un centro de acogida para personas con albinismo que lo atiende Cruz Roja y luego en Mosi donde está el hospital de referencia de dermatología. En marzo volveré con ellos ya que estoy preparando un libro que saldrá en verano.

Ana ha aprendido en todos estos años en la fotografía documental a dónde quiere dirigirse  y qué es lo que quiere mostrar. Quiere contar la faceta positiva de África. Existe el África de drama, de hambre y conflicto, pero también existe el África de superación y de éxito. La fotoperiodista quiere ser la voz de esa África de florecimiento, de los jóvenes que han tomado las riendas de esos países. “Es verdad que es el continente más pobre y que muchas comunidades se encuentran afectadas por la pobreza extrema. Pero también hay historias de éxito. Creo que es factible que la audiencia empatice con el continente simplemente mostrándoles estas historias. Vivimos anestesiados por el drama y lo vemos como algo convencional. A través de este otro tipo de fotografías creo que puedo captar la atención de las personas y hacer que quieran involucrarse con estas realidades”, reflexiona.

Albinos en Tanzania
Albinos en Tanzania

Ella considera que es necesaria la fotografía de guerra y admira mucho a los profesionales que lo hacen, pero cree que no es su lenguaje. “Hay fotos que podría haber hecho y no fui capaz. No me siento cómoda porque, además, creo que estoy invadiendo la intimidad de las personas. A lo largo de este camino estoy aprendiendo a expresar lo que quiero contar. No soy una fotógrafa de conflictos sino de sensibilización, de mundos olvidados y de realidades que existen pero a nadie le importan”, resume Ana.

-Dentro de tu interés por mostrar esa cara positiva de África has publicado recientemente un libro, “Art in Movement”, publicado con la ayuda de la Fundación la Caixa y de Heraldo de Aragón.

La ONG “In Movement: Art for social change” me pidió que hiciera fotografías de su proyecto en África, que utiliza el arte como herramienta para el cambio social. No era darles de comer, ni antibiótico sino usar el arte como medio para mejorar la situación de niños y adolescentes. Pensé que podría ser un proyecto atractivo visualmente y fui para allá. Estuve un par de meses con los niños en Uganda. Ahí entendí verdaderamente lo que significaba el arte como herramienta para el cambio. Tú  le das a un niño con riesgo de exclusión social un pincel o un escenario donde pueda desarrollar una escenografía  y descubre que puede ser creativo, que tiene potencial. Eso le genera autoestima, seguridad en si mismo y hace que quiera cambiar y mejorar su situación. El arte es un estímulo para estos niños en riesgo de exclusión social. No se quiere generar artistas de alto rendimiento sino que simplemente sepan desarrollar su creatividad a través del teatro, de la danza o la pintura. Me parece muy interesante ya que esta educación no formal es una manera de erradicar la pobreza. Un país no se nutre solo de política y economía sino de una educación y un pensamiento crítico, y eso lo tiene que generar si no es la educación formal, la educación transversal. Estos niños son los que van a conformar el tejido político del país en un futuro.

Así nace el libro “Art in Movement”, que reúne nueve historias personales de nueve niños ugandeses. Ana cree que es uno de los trabajos con el que mejor ha conectado. “Tengo a todos estos chicos en Facebook y en Whatsapp.  Me siento unida a ellos como por un cordón umbilical”.

La fotógrafa consigue dar salida a sus fotografías a través de libros, como “Art in Movement”, exposiciones (tiene pendiente estrenar una de DKV titulada “La piel de África”, que contará la historia de los hospitales de Benin que atienden las enfermedades tropicales desatendidas que apoya la ONG española Anesvad) y también a través de artículos en medios de comunicación. En cierta medida, Ana ha vuelto al periodismo, ese oficio que eligió casi por accidente. “Por muy estupendas que sean las fotografías, que no digo ni siquiera que lo sean, necesitan un discurso, y la ONG que está detrás necesita una voz. En El Mundo no me van a decir ‘tú hazme las fotos y yo te hago los textos’. Los medios hoy en día quieren el paquete completo. Me di cuenta que las fotos por si solas no las podía visibilizar mas que en exposiciones y que al publicar un artículo en Frontera D, El Mundo o El País, estas podrían tener un recorrido más largo”, comenta Ana.

Art in Movement, Uganda. Fotografía: Ana Palacios
Art in Movement, Uganda. Fotografía: Ana Palacios

-Has recordado antes que volviste tocada de tu viaje a Israel. ¿Es difícil retomar la vida cotidiana después de estos viajes?

-Es una pregunta que me he hecho mucho. Hasta que punto me afecta a mí como persona, me está cambiando la vida y me está haciendo sentirla de otra manera. Y he llegado a una conclusión.  Todas las situaciones que he documentado me provocan fuerza y ganas de cambiar estas realidades. Son ganas de echar una mano y querer cambiar la vida de las personas con las que me he cruzado. La suerte de haber hecho producción a gran escala es que me sirve para interconectar instituciones que se necesitan. Una fundación necesita donar dinero en algún sitio y un sitio necesita que le donen dinero. Me he dedicado un poco a eso, a interconectar a estos actores de los destinos a los que he viajado. Esta es un poco mi intención última, conocer a las personas que fotografío y realizar una labor a largo plazo con ellas.  Cada proyecto en el que participo es como un hijo más. Una especie de labor de posproducción.  Cuando vuelvo a España siempre intento ver cómo puedo seguir ayudando.

Actualmente, Ana Palacios se encuentra en Benin con Mensajeros de la Paz documentando historias de niños traficados que son rescatados y devueltos a sus familias. El proyecto  empezó este verano. “Suele haber aproximaciones previas con las familias pero igualmente sigue siendo muy emocionante. Además, se hacen trabajos de rehabilitación psicológica con los niños”, cuenta Ana. “Es un proyecto muy ilusionante. Me interesa mucho la infancia, el África subsahariana y las historias con final feliz. Y esta historia contiene todos los ingredientes”, finaliza.