Ya hablaremos del Gobierno

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La situación política se me hace tan difícilmente digerible que he decidido pasar por ella ‘de puntillas’. Y no porque no me interese, no es eso, es que me da una pereza soberana. Pereza porque todos me cansan, por unas u otras razones.Por ejemplo, creo que, a estas alturas, NADIE, ni uno solo de sus votantes, debería estar deseando (ni en sus mejores sueños, ni en sus peores pesadillas) que el señor Rajoy pudiera volver a ser presidente del Gobierno. Como decía el otro día Iñaki Gabilondo, no sé a partir de cuántos casos aislados dejan de poder considerarse para el PP casos aislados, pero, lo único cierto, es que, aunque no sea el único partido con trapos sucios, el Partido Popular es total y absolutamente sinónimo de corrupción en España. Rodrigo Rato, Luis Bárcenas, Miguel Blesa, Francisco Camps, Carlos Fabra, Alfonso Rus, Francisco Granados, Marcos Martínez, Álvaro Lapuerta, Arturo García-Tizón, Arturo González Panero, Francisco Correa, Jesús Merino, Álvaro de la Cruz, Alberto López Viejo, Ricardo Costa, Pablo Crespo y un largo etcétera en el que habría que incluir, por ejemplo, al inefable Aznar y sus chanchullos con las desaladoras. Todos ellos y otros que me dejo han esquilmado a esa España que dicen querer y de la que dicen enorgullercerse. Valiente patriotismo. Supongo que se dirán patriotas porque no les importa robarnos a todos los españoles por igual con tal de seguir llevándoselo calentito.

Lo siento, pero no se entiende que ni uno solo de esos 7 millones de españoles que votaron a Rajoy en la últimas generales sean capaces de ver que sus secuaces les han robado a ellos igual que a mí. Me diréis ahora que Rajoy no está imputado en ningún delito de corrupción (aunque su partido como ente sí lo esté). Cierto. No lo está. Y eso es algo que empeora más si cabe las cosas. Porque si por esa sede de Génova, pagada según el juez con dinero negro, ha desfilado ese hatajo de mangantes y él sabía de sus tejemanejes, debería dimitir. Pero si no sabía nada, si el presidente del partido más votado, si el presidente del partido en el Gobierno no sabía NADA de lo que pasaba, no está capacitado para ser ni presidente del Gobierno ni presidente de su comunidad de vecinos.

Y por esta misma razón al PSOE debería darle VERGÜENZA con mayúsculas plantearse siquiera por un momento facilitar la investidura de un partido que ha mentido y robado a los españoles tantas y tantas veces. La verborrea del otrora venerado Felipe González solo se entiende si tenemos en cuenta su propia historia. Él también salió del gobierno en medio de escándalos de corrupción de los que decía no saber nada, así que es hasta cierto punto lógico que se haga cargo de la situación y acuda en ayuda de Rajoy. Al fin y al cabo sería mucho peor que llegaran los nuevos y pretendieran que volviera a convertirse y vivir como aquel socialista recién llegado con americana de pana y coderas. En el PSOE solo parecen estar de acuerdo en querer hacerle la cama a Pedro Sánchez que, todo sea dicho, está aguantando. Como puede, pero aguantando. La argucia de consultar a las bases cualquier posible pacto de Gobierno ha conseguido descolocar a ‘barones’, ‘baronesas’ y demás dinosaurios, y el líder socialista sabe que la consulta puede ser el único balón de oxígeno al que agarrarse, ya que todo parece indicar que las bases apostarían por un pacto progresista y eso le salvaría el pellejo a un Sánchez al que la cúpula del partido ya hace mucho tiempo que colocó en el disparadero.

En medio de este interesante panorama tenemos también a Ciudadanos y sus ‘donde dije digo digo Diego’. Reconozco que el partido de Rivera me tiene altamente contrariada desde que antes de acabarse la campaña electoral decidió hacerse el harakiri diciendo que facilitaría la investidura de Rajoy. Después de todas las veces que había dicho que Mariano estaba incapacitado para ser presidente del Gobierno, cometió el error de enseñar las cartas antes de hora y, tal vez por eso, sus resultados distaran mucho de los que todo el mundo esperaba. Ahora, a día de hoy, sigo sin entender cómo es posible que en ningún momento los de Rivera hayan intentado lavarse un poco la cara exigiendo por lo menos que el candidato dejara de ser Rajoy, como condición sine qua non para facilitar la investidura. La exigencia hubiera servido para convencer a algunos de que lo de ‘nueva política’ lo llevaban como algo más que un disfraz de quita y pon.

Y me dejo para el final a los chavistas, bolivarianos, marxistas, antisistema y no sé cuantas cosas más encarnadas en el cuerpo escuchimizado de un señor con coleta que dicen que desayuna niños todas las mañanas. Sin duda, cada vez que alguien del PP-PSOE-Ciudadanos lanza alguno de esos cariñosos adjetivos contra los 5 millones de personas que votaron a Iglesias en las últimas elecciones, se suma un podemita más a la lista. El acoso y derribo mediático y político al que se ha sometido a Podemos desde su fundación, no solo parece no haber asustado a los votantes de izquierdas, sino que más bien los ha sacado de su letargo. Ahora bien, han de tener mucho cuidado los de Iglesias con unas formas y unos tiempos que no parecen controlar. La imagen de Pablo Iglesias la semana pasada sacando a colación ‘la sonrisa del destino’ que podría permitir gobernar a Sánchez, o la de ayer mismo repitiéndole con otras palabras la suerte que tiene de que ellos lo apoyen para ser presidente, raya el esperpento. Tampoco me parece ni normal, ni ético, ni lógico, ni apropiado, que repartan ministerios, como si intercambiaran cromos, cuando todavía no hay ni un amago de pacto encima de la mesa. Primero que nos cuenten qué quieren hacer y hacia dónde quieren llevar este desaguisado que tenemos por país y después, si acaso, como dicen en mi pueblo, “ya hablaremos del Gobierno”.

 

Artículo publicado en el blog El equilibrio imposible