Javier Millán: “Tenía el deber de recordar lo que pasó en Mauthausen y eso no se hacía con un reportaje”

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Javier Millán, el flamante ganador del premio APA-Ciudad de Zaragoza, cuenta el proceso que le llevó a publicar los 29 reportajes que le han llevado a recibir el reconocimiento de Asociación. Zaragozano de nacimiento, lleva 25 años trabajando como redactor del Diario de Teruel, ha publicado varios libros sobre cine y es miembro del Consejo Consultivo del Festival Internacional de Cine de Guanajuato, México.

Todo empezó con un viaje a Mauthausen y los primeros reportajes acerca de esa experiencia. ¿Cómo se gestó ese primer viaje con la Asociación Pozos de Caudé?

Me invitaron a viajar con ellos al campo de concentración de Mauthausen para participar en los homenajes que hace todos los años la asociación Amical de Mauthausen a los republicanos españoles que fueron deportados allí, la mayoría de los cuales fueron asesinados por los nazis. Son unas celebraciones que se hacen a principios de mayo coincidiendo con la mal llamada liberación del campo por el ejército norteamericano. Hago esa precisión porque los nazis se habían ido ya y los presos se habían hecho cargo del lugar. Los republicanos españoles desempeñaron un papel importante en ese proceso. Era la primera vez que viajaba una delegación turolense de la Asociación Pozos de Caudé para rendir homenaje a los turolenses que perdieron allí la vida.

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¿Pensabas que todo terminaría al volver?

Nunca imaginé que diera lugar con el tiempo a los reportajes que acabé publicando. La idea era hacer una información sobre el homenaje a los deportados turolenses y luego un reportaje. Allí comprendí que tenía el deber de recordar lo que pasó en aquel lugar, y eso no se hacía con un reportaje. Es así como surge la primera serie de seis reportajes.

¿Tenías algún número de reportajes pensado inicialmente?

Pensé que haría un reportaje de Mauthausen y ya. ¿Por qué hice más? Por inquietud, porque el material humano e histórico se lo merecía.

¿Habías trabajado anteriormente el tema de la memoria histórica?

Sí, con la Asociación Pozos de Caudé he cubierto varias informaciones en la provincia de Teruel sobre exhumaciones de fosas, homenajes y otras actividades que hacen, como las Jornadas de Memoria Histórica de abril. Pero en lo que más había trabajado yo antes era en la recuperación de la memoria histórica de las dictaduras latinoamericanas. En 2001 publiqué con la editorial Ocho y Medio un voluminoso ensayo titulado ‘La memoria agitada. Cine y represión en Chile y Argentina’. El título lo dice todo.

El tiempo sigue demostrando que aún hay muchas historias que no se han contado debidamente, sobre todo acerca de Mauthausen. De lo que has descubierto, ¿qué te ha impactado más?

Que el silencio es cómplice y que olvidar a las víctimas y represaliados es una injusticia que no nos podemos permitir. Acudí a Mauthausen acompañado por las memorias de Mariano Constante, un deportado oscense ya fallecido. Es un libro que debería leerse en los institutos. Sentí que lo tenía a mi lado cada paso que daba. Mariano Constante es uno de los deportados aragoneses más conocidos, pero junto a él hubo zaragozanos y turolenses que dejaron escritas también sus memorias aunque no han tenido la misma difusión. La cámara de gas y las escaleras de la muerte no te dejan indiferente y te marcan emocionalmente. Allí no se viaja a hacer turismo.

¿Qué testimonio te llegó más hondo?

A mí en Mauthausen me llegó muy dentro el testimonio de un soldado norteamericano, de los que habían participado en la llamada liberación del campo en 1945, y que acude casi todos los años a los actos conmemorativos de mayo. Era muy mayor, de origen mexicano, por lo que había conocido muy bien a los deportados españoles, y al charlar con él me dijo: “Los republicanos fueron héroes”. ¿Si un ciudadano norteamericano los reconoce como héroes, por qué en España son ignorados y señalados con desprecio?

Más adelante, en el viaje a México, estuviste en casa de Buñuel, ¿descubriste facetas de, ya no su obra, sino su vida que no conocías? ¿Cuál te impactó más?

Traspasar la puerta de la casa de Buñuel en México es como poner el pie en España, pero en la República. Es sentirse en la Residencia de Estudiantes y respirar el aroma de la Institución Libre de Enseñanza. Por allí pasaron ilustres republicanos y era como un refugio que en buena medida suplía la ausencia de España. Leyendo diferentes escritos encontré numerosos testimonios que demostraban que Buñuel no fue indiferente con sus compañeros transterrados. Llenaba los rodajes de sus películas contratando a republicanos refugiados, y lo hacía para ayudarles con un sueldo.

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La serie continúa con la figuras de Azorín y Gracia Vicente, ¿cómo se dio esa transición?

Estaba con mi mujer, Nora, visitando una exposición sobre arquitectos del exilio republicano en México en el Palacio de Bellas Artes y ella encontró un panel que hablaba de un turolense llamado Francisco Azorín Izquierdo. Me llamó y me dijo que había encontrado a uno de Teruel. Mano derecha del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, fue quien impulsó las cooperativas de casas baratas, lo que ahora son las viviendas de protección oficial. Arquitecto, político socialista, escritor, novelista, esperantista, diplomático, masón… ¿Cómo era posible que no hubiese oído hablar de él? Sentí vergüenza y empecé a tirar del hilo. Contacté con un bisnieto y un nieto, y con un amigo de la familia. Me dieron todas las facilidades para conocer su historia, que en España era conocida, solo en parte, en Córdoba, donde vivió durante un tiempo antes de la guerra. Faltaba recuperar a Azorín para los turolenses.

Alfredo Gracia Vicente fue otra agradable sorpresa, un completo desconocido en Teruel. Sentí más vergüenza todavía al no saber quién era. En México tiene bustos erigidos en su memoria, bibliotecas que llevan su nombre, certámenes literarios. Gran amigo de Pedro Garfias, el del poema ‘Asturias’ que musicalizó Víctor Manuel, ha formado a varias generaciones de periodistas mexicanos. ¿Pero cómo es posible ignorar y haber olvidado a estas personas? Había que volver a traerlos de nuevo a su tierra y así lo intenté con los reportajes. Creo haberlo conseguido, pero ahora hay que fijar su memoria.

¿Qué le dirías a los lectores que por pereza o motivos políticos no se han interesado por reportajes acerca de la memoria histórica?

Que para poder opinar hay que conocer, lo que pasa es que en este país se opina casi siempre desde la más absoluta ignorancia y prepotencia. Cuando te encuentras a un grupo de personas hablando sobre algo, el más vehemente suele ser siempre el más ignorante y burro; es fácil distinguirlos.

¿Tuviste alguna traba a la hora de documentarte y conseguir información?

Sí, en un par de ocasiones. Una vez con un familiar de un exiliado, un hijo adoptado, que quería mitificar la figura de su padre para satisfacer su ego personal haciendo creer que venía de una familia noble de España, despreciando así los valores que tanto había defendido su padre. Me prohibió seguir escribiendo. Lo mandé a la mierda, pero lo pasé mal. Decidí seguir porque me apoyaron otros descendientes de republicanos. Sé que es la excepción a la norma, pero de haber empezado por ahí hubiera abandonado los reportajes. También tuve un encuentro desagradable con un político, y no precisamente de derechas, que me demostró que no entendía absolutamente nada. Los políticos deberían someterse a pruebas para demostrar que están capacitados para gestionar lo público. De ser así, este, desde luego, nunca hubiera sido alcalde.

¿La serie ha terminado definitivamente?

Por ahora sí, pero da para mucho más; me he quedado con las ganas de profundizar en la vida de Augusto Pérez Vitoria, un gran científico turolense exiliado, o saber más de Joaquín Segura, hijo del que fuera presidente de la Diputación de Teruel y que fue asesinado por los golpistas en 1936.

¿Cómo has recibido la noticia del premio?

Con nervios al principio, después con emoción y por último con dudas sobre si me lo merecía. Comprendí entonces que no me lo daban a mí, sino a la memoria de los republicanos exiliados y al trabajo que hace la Asociación Pozos de Caudé. A partir de ese momento me alegré mucho y fue como una liberación. Es cuando decidí, tras hablar con mi mujer, que el dinero tenía que destinarse a la Asociación Pozos de Caudé. Era suyo, yo era un simple periodista que había cumplido únicamente con su deber, comunicar a la gente algo, y en este caso el mérito y el trabajo era de otros.

¿Y en el Diario?

Lo recibieron con muchísima alegría. Fue el director, Chema López Juderías, quien lo presentó y yo incluso me opuse al principio porque, a mi juicio, no tenía sentido que compitiera por un premio, no tenía por qué hacerlo. Fui egoísta, y menos mal que no me hizo caso e insistió hasta que los presentó, pero ya con mi autorización.

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¿Cómo ves la situación del periodismo en la provincia de Teruel?

Son unos magníficos profesionales. Al ser pocos en las redacciones, tienen que controlarlo todo. Es el periodismo integral, desde escribir a hacer de técnico si es la radio, o ser cámara y periodista, maquetar tú la página o hacer las fotos. La provincia de Teruel es escuela de periodistas, lo que pasa es que acaban marchando a otros sitios. No hay que olvidar que Nipho, un referente del periodismo en España, era turolense, en concreto de Alcañiz. Nipho se estudia en las facultades y escuelas de periodismo, luego Teruel es tierra de grandes profesionales y de grandes maestros de este oficio. No me incluyo porque yo nací en Zaragoza, pero he tenido la fortuna de aprender mucho a su lado al convivir con ellos. Otra cosa es la situación del periodismo para ejercerlo, que es difícil por la escasa población y la gran dispersión geográfica. ¿Cómo llegas así a la gente? Está Internet, pero si te tomas el café todos los días y no lo pagas, el del bar no ganará dinero y cerrará. Lo mismo pasa con la prensa en Teruel, aunque en el caso del diario, nos lee mucha gente de fuera a través de la edición digital.

Háblame un poco de tu trayectoria profesional. ¿Cuándo llegaste al Diario de Teruel?

Llegué hace 25 años a Diario de Teruel. Llevo aquí la mitad de mi vida. Empecé a publicar colaboraciones en la prensa de Zaragoza, donde nací en 1965, a principios de los años 80 en el diario Aragón Exprés y en un semanario que creo recordar que se llamaba Guía del Ocio o algo así. Publicaba entrevistas y reportajes. Tenía 16 años y no me dejaban pasar ni del mostrador. Me debían de ver como un crío, pero publicaban lo que les llevaba. Colaboré en alguna radio libre y en otras publicaciones escritas hasta que me fui a estudiar a la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Al acabar en 1988 empecé a trabajar como free lance y me fui a Centroamérica y El Caribe. Eran tiempos difíciles, de guerras civiles y con el periodo especial en Cuba. Publiqué mis trabajos, básicamente reportajes o crónicas puntuales, en varios medios españoles como la revista Tiempo, El Periódico de Catalunya y El Independiente cuando pasó de semanario a diario, además de la agencia Prensa Latina. No me llegaba para vivir y lo completaba trabajando de camarero en Mallorca durante el verano, para marcharme después otra vez a Centroamérica.

Sufrí un gran desencanto a principios de 1990 cuando con motivo del décimo aniversario del incendio de la Embajada de España en Guatemala entrevisté a Rigoberta Menchú en su exilio mexicano y a nadie en España le interesó publicarla. Pensé que no sabían quién era. Dos años después recibió el Premio Nobel de la Paz. Sufrí tal decepción, por esta y otras cosas, que dejé de trabajar como periodista y me puse a colaborar como docente en la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Me casé allí y dada la peligrosa situación que vivía el país nos vinimos a España.

Conseguí una beca en Diario de Teruel y lo que iba a ser una estancia de unos pocos años para ahorrar dinero y probar a volver otra vez a Guatemala cuando se alcanzara la paz, terminó convirtiéndose en mi residencia habitual y en mi tierra de adopción. Durante estos veinticinco años, haber vivido en Teruel me ha permitido, además de trabajar en el periódico, desarrollar una intensa actividad escribiendo ensayos sobre cine, básicamente de temas sociales y relacionados con América Latina, que me ha llevado a publicar más de una veintena de libros en España, Guatemala y México. Entre las publicaciones de las que me siento más orgulloso está el libro ‘Buñuel 1950. Los olvidados’, editado por el Instituto de Estudios Turolenses y coordinado por Carmen Peña y Víctor Lahuerta, y en el que colaboré; por esta publicación les dieron el Premio Muñoz Suay de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

También destacaría entre los ensayos que he escrito los libros ‘La memoria agitada. Cine y represión en Chile y Argentina’, ‘Las huellas de Buñuel’ y ‘Un mundo de alambradas. Desplazados, cine y realidad’, que es lo último que he publicado. Además, en 2004, varios críticos de cine impulsamos desde Teruel la revista ‘Cabiria. Cuadernos turolenses de cine’. Esta otra vertiente profesional me ha llevado a colaborar desde los años 90 en diferentes festivales cinematográficos, entre ellos los de Huesca, Lleida y Huelva, así como el Festival Internacional de Cine de Guanajuato en México, del que soy miembro del Consejo Consultivo desde el año 2006; además, he participado como docente en programas de alfabetización audiovisual como Invitación al Cine y Cine y Salud, y coordinado desde hace una década el ciclo de actividades Amantes de Cine de la Fundación Amantes de Teruel.

¿Qué consejo le darías a todos los periodistas en paro y jóvenes que no consiguen ser más algo más que un becario?

A quienes quiero dar un consejo no es a ellos, sino a los propietarios de algunas empresas de comunicación para aconsejarles que dejen de ser canallas y sinvergüenzas, que no hagan nunca lo que no les gustaría que hicieran otros con ellos, es decir, abusar. Por desgracia hay todavía mucho amo de la información en España que no sabe hacer la o con un canuto. Ellos son en parte los auténticos culpables de la crisis que vive la prensa hoy día en todo el país. Que no busquen echar la culpa a otras cosas, por más que hayan influido también. Muchos medios de comunicación están en manos de necios que cuadran sus cuentas de resultados, y a veces ni eso, mediante la explotación de becarios como si fuesen esclavos del siglo XXI.

VÍCTOR J. RODRÍGUEZ