El desgaste diario de un conflicto sin fin

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Más allá de las bombas, de los tiros y de la muerte gratuita de muchos inocentes que han llenado portadas últimamente, está la sangrante realidad diaria de la población palestina. La violencia y el desprecio inunda el día a día de mucha gente que va y vuelve entre Jerusalén y Belén o que se desplaza de Jordania a Cisjordania para visitar a la familia. Fronteras y puestos de control que desgastan y a los que los palestinos se ven sometidos cada 10 minutos. Hoja por hoja le miraban a un digno anciano esperando encontrar algún explosivo o arma de destrucción masiva entre las páginas de su libro, mientras otros barbilampiños soldados hacían esperar horas a una mujer embarazada con otro niño pequeño a su cargo. Solo para desanimarlos, para cansarlos, para ver si se van por sí solos de su “tierra prometida”.

Israel, un estado reconocido por la comunidad internacional, tiene miedo y por eso actúa de esta manera. Amparados y ayudados por buena parte de las potencias mundiales, Estados Unidos a la cabeza, ocupan y echan de sus casas a una población que posee el derecho legítimo de vivir allí. Un estado que juega con el terrorismo a matar terroristas, mientras el resto de estados árabes de la zona se llenan la boca con muestras de apoyo a sus hermanos palestinos pero no se ponen de acuerdo para buscar una salida pacífica a la situación.

Un problema más para una zona del mundo ya de por sí muy conflictiva, en la que ahora Israel tiene que sacar músculo para demostrar que, independientemente de lo que pase a su alrededor, puede seguir luchando, matando y echando de su tierra a aquellos que viven bajo su amenaza.

Cada día los palestinos sufren cortes en el abastecimiento del gas, agua y electricidad que Israel gestiona a su antojo. Mientras tanto, los colonos gozan de carreteras exclusivas para ellos, van ganando terreno construyendo ilegalmente pueblos enteros a los que llegan los servicios básicos sin ningún problema e irrumpen en las casas y plantaciones de los palestinos y las ocupan mientras éstos últimos empaquetan su vida en una maleta.

Un paseo por Jerusalén es un buen ejemplo de la tónica general que se respira en esta parte del mundo. Israelíes con una metralleta al hombro pasean por la ciudad de la mano de sus hijos con miradas desconfiadas hacia cualquiera que muestre interés por algo que no sean ellos. Una mala sensación que, sin embargo, se atenúa en Tel Aviv, una ciudad mediterránea, moderna y acogedora en la que la atmósfera se relaja y parece haber mentes más abiertas con ansia de confraternizar. Una posición difícil y valiente de tomar cuando diariamente vives el odio que entre unos y otros se profesan.

Cada cierto tiempo una operación “Plomo Fundido”, “Pilar Defensivo” o “Margen Protector” activa aún más si cabe la presión y violencia sobre la población palestina. No es suficiente con la basura o el aceite que los colonos de Hebrón tiran desde sus ventanas a los palestinos que viven en la planta baja de las que antes eran sus casas, ni con soportar los tiros que agujerean sus depósitos de agua. Siempre se puede ir un poco más allá y, aunque desde luego que cualquier estado tiene derecho a defenderse, en este caso nunca será de igual a igual porque Palestina queda a merced, no solo de la violencia física, sino del acoso y maltrato cotidiano que Israel ejerce e impide cualquier salida o cambio pacífico de este conflicto infinito.

Victoria Pascual Ferreruela

Periodista