Con las escopetas cargadas

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Leo y repaso de nuevo la triste y lamentable historia de los periodistas secuestrados españoles en Irak. Uno de ellos, Marc Marginedas, de “El Periódico de Catalunya”, ya pudo hace unos días reunirse con sus familiares. Este próximo domingo 16 de marzo de 2014, se cumplirán los seis primeros meses desde cuando se produjo la captura por parte de una facción de Al Qaeda. Tanto Javier Espinosa (“El Mundo”) como el fotoperiodista Ricardo García no han vuelto, no se sabe a ciencia cierta cuál es su situación real, y en cualquiera de los casos nada, placentera. Trato de reflexionar sobre la suerte de estos compañeros y no puedo evitar mi entrada en un estado de regresión que me hace recordar experiencias propias o vividas desde la más inmediata cercanía, que el paso del tiempo no ha podido borrar.

Una noticia que me produjo un vuelco total en mi estado de ánimo fue cuando estaba ejerciendo mi profesión en “La Gaceta del Norte” de Bilbao”. Cada jornada. cuando salía al mediodía de la Redacción, iba a comer siempre con algún compañero a determinados restaurantes económicos o casas de comidas cercanos. El día 27 de junio de 1978 compartimos almuerzo José María Portell y yo, y en la cercanía comentábamos aspectos muy humanos, me hablaba de su mujer, la también periodista Carmen Torres Ripa, y de sus cinco hijos, de su preocupación por la situación familiar en caso de producirse algún percance, aunque también había instantes entrañablemente distendidos. El caso es que, el despertar del día siguiente fue el más terrible de mi vida profesional. La voz de Luis del Olmo, que tantas veces me ha acompañado a lo largo de las mañanas radiofónicas daba la noticia, que ya la cogí empezada: “…deja viuda, Carmen Torres Ripa, y cinco hijos”. Me puse muy nervioso, tomé mi “Seat 127” y en unos minutos me planté en el número 8 de la calle Henao. Allí me encontré con José Luis Bengoa Zubizarreta, quien tiempo después sería director de Cadena SER Radio Bilbao, que me indicó que José María había sido acribillado a balazos cuando se disponía a tomar su coche, que la propia Carmen había sido testigo desde el balcón de su casa en Portugalete. Era el primer asesinato de un periodista que había cometido ETA. Ese día devolví la escasa comida que había ingerido. Mi impresión y tristeza fue tal, que a los tres días me presenté en el despacho de mi director y le dije que me quería ir, que no aguantaba más. Me persuadieron él y mis compañeros al hacerme ver que no tenía otra opción laboral, algo que tenían toda la razón. Afortunadamente allí estuve bien tratado hasta casi finales de 1984, cuando regresé a Zaragoza y comencé a trabajar en HERALDO DE ARAGÓN, y así durante 20 años hasta mi jubilación. En mis siete años de estancia en la capital de Vizcaya me correspondió cubrir información de otros atentados y hasta de algunos secuestros. Sin embargo, en ese fatídico 1978, el 23 de octubre tuve que formar parte del equipo de redactores encargado de elaborar las informaciones sobre la tragedia escolar de Ortuella, al explotar una caldera de calefacción con un registro total de 52 muertos, cuarenta y nueve de ellos niños. La situación que se vivió en los centros hospitalarios y en su entorno, fue dantesca. Vi cadáveres y heridos y ello produjo un impacto tan especial, que sus imágenes aún se repiten de vez en cuando.

En Zaragoza, para mi propia satisfacción, he vivido siempre la información deportiva, a la que me he dedicado totalmente, si bien me ha correspondido dar la noticias demasiadas veces repetida, de amigos míos muy entrañables muertos de accidentes de montaña. Para colmo también tuve que transformarme de nuevo en improvisado redactor de sucesos, y nada menos que en mi pueblo, en Biescas, el 7 de agosto de 1996. No quiero entrar en detalles, pero lo cierto es que una tormenta muy intensa descargó tal cantidad de agua que se produjo un tapón en el barranco de Arás, que inundó salvajemente en Camping Las Nieves, con el triste balance final de 87 muertos y 183 heridos. Biescas se volcó con las familias afectadas haciendo gala de la mayor generosidad del mundo, si bien el dolor resultó inacabable.

A los periodistas se nos juzga a veces con ligereza como gente fría y también en ocasiones, o casi siempre, como manipuladora. Casi se podría decir que somos como palomas mensajeras que transmiten las noticias tal como se producen, pero muchos tienen la escopeta preparada para disparar y evitar que la verdad sea difundida. Está claro que somos molestos para determinados intereses creados que para mantener sus situaciones de privilegio ponen en funcionamiento una maquinaria muy poderosa a través de infamias facilonas no demostradas. ¿Acaso tenemos la culpa de que los derechos humanos sean atropellados? ¿de promover conflictos armados sin ningún sentido?, ¿de denunciar casos de corrupción existentes? Y aún nos tenemos que oír: “La culpa la tienen los periodistas”. Somos humanos, y continuamente me pregunto si debemos implicarnos emocionalmente en las informaciones. Pues mi respuesta en “rotundamente sí, hay que ser justos y ¿por qué no?, apoyar a los desamparados”. A pesar de las situaciones tan horripilantes que nos tocan vivir de vez en cuando, muchos creemos que nuestra profesión está cargada de ideales. ¿Por qué los compañeros secuestrados acuden a informar sobre lo que ocurre en esas guerras tan crueles que hay en el mundo, en ese tercerísimo mundo donde niños y adultos mueren de hambre. Ellos son periodistas, no están en ninguno de los bandos, ni originan conflictos y gracias a ellos sabemos lo que ocurre por esos mundos de Dios y a veces también del diablo. Y como no todo deben ser tragedias, lo que más nos gusta es transmitir alegrías. Sería maravilloso que nuestro amigo y compañero de esta Asociación, Gervasio Sánchez, como portavoz de las familias, diera pronto la noticia de la puesta en libertad de Javier Espinosa y Ricardo García.

Manuel Español

Periodista