Luis Granell: “Los años de Andalán fueron muy intensos, de lucha”

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Víctor J. Rodríguez

Un periodista de cuando los jóvenes creían que iban a hacer la revolución, activista, politizado y que participó en la fundación de varios medios. Estuvo en el equipo de la revista Andalán que llegó a dirigir; fue corresponsal en Aragón de Diario 16 desde que se creó, y en El Día, como responsable de la sección de Sociedad, Cultura y Espectáculos. También estuvo al frente del gabinete de prensa de las recién creadas Cortes de Aragón  en 1983. Fue presidente de la APA de 1988 a 1992. La Asociación premió su trayectoria en 2011.

Luis Granell pertenece a la generación de jóvenes que a principios de los 70, luchaban por “empujar al franquismo hacia su desaparición”. Representó a los periodistas aragoneses demócratas en las reuniones nacionales clandestinas de periodistas que trabajaban por el fin de la dictadura. Antes de cursar Periodismo en la facultad de la Universidad Complutense de Madrid, se licenció en Filosofía y Letras, especialidad de Geografía, después de abandonar tempranamente los estudios de Arquitectura, al descubrir que su vocación era el periodismo.

Luis Granell

Comenzó su trayectoria profesional antes de estudiar la carrera, colaborando en la revista Gaceta Universitaria a finales de los 60. Mientras cursaba Filosofía, trabajó dos años en Aragón Express, medio con el que terminó en los tribunales tras un despido improcedente. “Le dije al director y propietario, que si quería que trabajara de redactor me tenía que pagar como a un redactor, porque yo tenía un sueldo de auxiliar. Me dijo que no, porque no era titulado; se negó también a pagarme como licenciado. Como me negué a hacer funciones superiores a mi sueldo, me mandó ordenar el archivo fotográfico. Aquella era una empresa familiar y yo era el primer trabajador que se había enfrentado al dueño. Me despidieron. Les llevé a los tribunales que declararon mi despido improcedente. Me despidieron de todas formas con una indemnización de 100.000 pesetas que me permitió comprarme un 600 de segunda mano y montar a caballo cinco o seis días”.

Buscó luego trabajo como periodista. “No me apetecía trabajar en la prensa del Movimiento ni en El Noticiero, así que llamé a las puertas de Heraldo, pero no me cogieron”. Tuvo que ganarse la vida como corresponsal de la revista Cambio 16, del periódico madrileño Informaciones y del Diario de Barcelona. En el primero tuvo a Jesús de la Serna como director, a Juan Luis Cebrián de subdirector y a José Luis Martín Prieto de redactor-jefe. “Trabajé muy a gusto. Además, si nos juntabas a todos los corresponsales tenías al rojerío periodístico de España. En esos medios se podía escribir de temas sociales y laborales, de sindicatos y partidos ilegales de los que no se hablaba en otros. Aunque había que utilizar términos como <<los que dicen ser del autodenominado Partido Comunista de España>>, para evitar que secuestraran la publicación”. Ya no había censura previa, pero los periódicos y revistas corrían el riesgo de que secuestraran sus ediciones.

Al volver en 1973 del servicio militar, que realizó en El Aaiún, en el entonces Sáhara español, entró en el Equipo de Andalán que más tarde, al constituirse como sociedad anónima, se convirtió en Junta de Fundadores. “Fueron años muy intensos, de lucha antifranquista y defendiendo también el aragonesismo. En Andalán no se cobraba. Yo llevaba la secretaría de redacción a cambio de que me dejaran un despacho donde trabajar también para los otros medios, que me pagaban por artículo publicado”. En 1977 Andalán se profesionalizó y convirtió en semanario, pero Luis Granell no estaría en nómina hasta el año 80, cuando fue nombrado director al marchar Pablo Larrañeta al Gabinete de prensa del Ayuntamiento, cuando Ramón Sáinz de Varanda fue elegido alcalde. Afirma que disfrutó del tiempo en que tuvo en la redacción, coincidiendo con veteranos periodistas de plantilla y otros recién licenciados como “Plácido Díez, Genoveva Crespo, Lola Campos, Enrique Guillén, María Jesús Hernando, Adelina Mullor o Fernando Baeta. Gente joven que hacía prácticas sin cobrar porque les gustaba hacer ese tipo de periodismo y no otro. “Al ser un semanario, daba tiempo a trabajar bien: Discutíamos los temas, su enfoque, y cuando me traían la información había que elaborarla, trabajar el texto, corregirlo…, ¡cuántas veces les obligué a reescribirlo! Pude ayudar a modelar buenos profesionales y hacer en Andalán un periodismo serio y de calidad. Además nos hicimos amigos. Fue precioso”.

 

Célebres recuerdos de los años 70

En sus primeros diez años de profesional vivió una época intensa. Desde un reportaje que realizó sobre el robo de toneladas de carne que La Comisaría de Abastecimientos y Transportes tenía almacenados en Teruel, a la información que, en 1976, también para Diario 16, tuvo que cubrir de unas fiestas de San Fermín que se celebraron en septiembre porque, en julio, la Policía había matado a un manifestante y los festejos habían sido suspendidos. “Vino a Pamplona conmigo Jacinto Ramos, uno de los mejores fotógrafos de prensa que ha habido en Aragón, a quien descubrí en la asamblea fundacional de la UAGA”.

Ese mismo año estuvo a punto de ir a la cárcel por un artículo publicado en Andalán. “Escribí sobre los atentados que había sufrido la Librería Pórtico, dos o tres bombas. Comparé lo poco que la Policía había hecho para descubrir a los autores con la eficaz detención de varios dirigentes sindicales en una reunión”. El juez le procesó junto a Pablo Larrañeta y al sindicalista David Ubico por otros artículos. “Al terminar la declaración salí contento del despacho del juez, pero Sáinz de Varanda, que era nuestro abogado, estaba nervioso y poco después nos comunicaron el auto de ingreso en prisión. Teníamos que pagar una fianza de 15.000 pesetas cada uno, que no teníamos, y por la ventana vimos cómo venía un furgón policial a buscarnos. Menos mal que un colaborador suyo salió corriendo y consiguió el dinero”.

 

Incendio del Hotel Corona

Sin duda, uno de los momentos de su trayectoria profesional que más impacto le causó fue el incendio del Hotel Corona de Aragón, el 12 de julio de 1979. Así lo recuerda:

“Mis padres vivían cerca, en la plaza de San Lamberto; oí las sirenas mucho rato, me asomé por la ventana, vi a la gente correr y bajé a la calle. Fue terrible. Fui el primer periodista en llegar. Conmocionado por las escenas que veía, intenté ayudar sosteniendo una lona de los bomberos para que saltaran los ocupantes del hotel, que estaban en las ventanas; uno que saltó cayó fuera. Fue algo muy duro. Entonces me dije que mi obligación era informar. Iba llamando al Diario 16 cada poco tiempo desde cabinas o desde casa, pues entonces no había móviles.

Recuerdo que fui el único periodista que habló con el churrero de la Cafetería Formigal, me contó <<se me ha incendiado la churrera y  no la he podido apagar>>. Aquel hombre estaba compungido y casi llorando. Todo el trabajo fue terrible aquel día. Vi que llevaban los muertos al Hospital Provincial y me colé en el depósito, al que se accedía desde los jardines. Empecé a contar cadáveres, pero no pude acabar porque vi el de un niño que se había puesto las zapatillas cambiadas de pie; me imaginé el terror que debió sufrir y me eché a llorar. Tuve que salir. Publiqué artículos en Diario 16 y en Andalán.

Siempre he dicho que no fue un atentado. Cuando levantaron el precinto judicial, uno de los propietarios me ofreció ser el primer periodista en entrar al edificio. Visitamos el piano-bar Picadillys, las escaleras, los pasillos, algunas habitaciones. Habían pasado varios meses y el olor a humo seguía siendo terrible. Las paredes de los pasillos estaban negras, la mancha llegaba hasta el suelo junto a la escalera y se elevaba poco a poco hasta el fondo. En los pasillos solo había entrado el humo.

El fuego salió por una grieta que había en el codo de la salida de humos, en el Picadillys, prendió la moqueta y corrió hacia el vestíbulo del hotel buscando el oxígeno; la escalera hizo de chimenea y subió al último piso. Se debieron alcanzar temperaturas elevadísimas, los radiadores que estaban junto a la escalera estaban fundidos.

Visitamos también las escaleras de emergencia. Que eran solo unos travesaños metálicos fijados en la esquina de los cuartos de lencería de cada planta. Para bajar o subir por esa escalera tenías que levantar trampillas que había en el suelo y en el techo. Eran cuartos llenos de toallas y de sábanas, material combustible. Muy poca gente pudo hacer uso de ellas.

Por lo que ví el día del incendio y este otro, siempre he afirmado que no fue un atentado. Hay una sentencia judicial que habla de causas exógenas, pero estoy convencido de que la hicieron porque así todas las víctimas podrían cobrar la indemnización como si fueran víctimas de un atentado terrorista, ya que el hotel tenía contratado un seguro muy bajo. Esta tesis me la corroboró entonces un cargo importante del hotel, que se me identificó pero no quiso aparecer en público. Hace poco, unos bomberos jubilados de la Base norteamericana, que participaron en la extinción y comparten esta tesis, me dieron un pequeño recuerdo por defenderla. Me asombra que este debate continúe tantos años después.

Aquel fue un momento terrible, pero también de los más intensos de mi vida profesional”.

 

Golpe de estado del 81 

Durante el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 Luis vivió momentos muy tensos, más aún perteneciendo a una revista de izquierdas. “Cuando dieron el golpe yo era director de Andalán y estaba en la redacción. Como pasaba el tiempo sin que el asunto se resolviera y temíamos un ataque fascista, llamé al Gobierno Civil a pedir protección para la sede de la revista. El compañero responsable del gabinete de prensa me dijo que no podía hacer nada, que la Policía estaba acuartelada. Ya estábamos en democracia, la constitución tenía cuatro años, pero teníamos miedo. Le dije a una compañera de administración que se llevara las fichas de los suscriptores y las escondiera. Antes había enviado a los redactores, yo tenía una pierna escayolada, por las calles y carreteras donde había cuarteles para comprobar si, como en Valencia, el Ejército salía a la calle. Cuando ya no podíamos hacer nada nos fuimos a casa. Estuve levantado hasta que el rey habló por televisión; entonces llamé a mis compañeros y les dije: <<Hacer lo que queráis, dormir o no, pero mañana a las ocho a trabajar>>.

También nos preocupamos en otras ocasiones, como cuando vinieron a nuestra sede dos o tres jovencitos fascistas que debían ser de Fuerza Nueva. Otra vez nos visitó un chico que se identificó como el PCER, Partido Comunista de España Reconstituído, que era la organización política de los GRAPO. A todos les mandamos a paseo”.

 

Inaugurando El Día

A principios de los años 80, en Aragón habían desparecido los diarios Amanecer y El Noticiero. “El Heraldo no tenía alternativa y estaba anquilosado. Ya entonces contaba con periodistas capaces que luego demostrarían que aquello podía cambiar, pero era una empresa familiar dirigida por viejos periodistas con criterios anticuados”. Después cambió radicalmente, “creo que el nacimiento de El Día les sirvió de acicate”.

El deseo de cambiar este estado de cosas llevó a un grupo de periodistas a reunirse en la casa que la madre de Luis tenía en Vera del Moncayo. Se juntaron Pablo Larrrañeta, José Ramón Marcuello, César Jiménez y otros. “Decidimos embarcarnos en la tarea de crear un nuevo periódico con accionariado popular. Pensábamos que necesitaríamos un capital de 60 millones de pesetas, y eso sin invertir en talleres propios. Pero no se pudo reunir más que la mitad del capital y, además, hubo que poner talleres pidiendo créditos. “El Día nació con una espada de Damocles encima”.

Llevaba el área de Sociedad, Cultura y Espectáculos. En ella trabajó con Concha Monserrat, con quien se compenetró enseguida. “Concha venía con la experiencia de su trabajo en varias revistas, pero era muy distinto al tipo de periodismo que queríamos. Al principio yo no me fiaba; el primer reportaje que le encargué fue sobre el ensayo del Ballet de Zaragoza, que acababa de crear el Ayuntamiento y dirigía María de Ávila. Me vino con un reportaje tan vivido y tan vívido, que daban ganas que daban ganas de ir corriendo a verlo, era impresionante. Concha es una reportera fantástica, aparte de una mujer luchadora. En suma, una periodista acojonante”.

Por dificultades económicas, pasó de dirigir la sección a hacerla él solo. “A pesar de sus limitaciones, El Día fue al principio un periódico de calidad que, aunque desapareció, sirvió para ponerle las pilas al Heraldo”.

Granell Premio APA

Luis Granell, durante su discurso tras recibir el premio de la APA / A PHOTO AGENCY

Etapa estable, en las Cortes de Aragón 

En 1983, tras salir de El Día, decidió presentarse a un concurso para trabajar en el Gabinete de Prensa de las Cortes de Aragón que acababan de constituirse. Se presentaron doce candidatos y se llevó el puesto que, durante la primera legislatura, compaginó con la jefatura del Servicio de Publicaciones.

No había imaginado antes que llegaría a trabajar de funcionario. “Cuando Embid me llamó y me avisó del concurso le pedí una semana para pensarlo. Hablé con varios amigos y, finalmente, acepté por dos razones: Primero porque iba a poder ayudar a llevar a la práctica la autonomía que habíamos defendido en Andalán desde 1972. El otro argumento, lo confieso, era el salario: Cobrar el doble de lo que ganaba en El Día”.

En 1987, al iniciarse la segunda legislatura, se separaron las dos funciones que había desempeñado ya que el puesto de jefe del Gabinete de Prensa era de libre designación.

“Se nombró a otro jefe del Gabinete y yo me quedé con funciones puramente burocráticas en el Servicio de Publicaciones. Poco después sacaron mi plaza a oposición; peleé con ellos en los tribunales y perdí, pero como no se presentó nadie, me dejaron estar. Pero entre que mi vocación no era hacer el Boletín Oficial o el Diario de Sesiones, y que me sentía incómodo por lo de la oposición, pensé en volver al periodismo. El Día estaba en su época final y no me apetecía llamar a otras puertas; la única oportunidad era tirar de viejas amistades en Madrid”. Miró contactos, mandó alguna carta y se dio cuenta de que no era tan fácil como imaginaba. “Además, suponiendo que encontrase trabajo y me pagasen bien, la vida en la capital era cara y allí no podría disfrutar de mis aficiones, la montaña y los caballos. Fui cobarde y por pura comodidad opté por quedarme de funcionario. Aburrido pero bien pagado. Y a partir de las tres de la tarde podía hacer las cosas que me gustaban”.

De entre todos los presidentes de las Cortes solo se considera amigo de Antonio Embid, que fue el primer presidente de las cortes, “por su forma de trabajar en los temas jurídicos se parecían a los míos, su visión de la política”.

Siguió en la Junta de Fundadores de Andalán e incluso formó parte de su comisión liquidadora. Más adelante colaboró con artículos de opinión en Heraldo de Aragón y El Periódico de Aragón. “Las gentes de Andalán estuvimos vetados en Heraldo hasta que llegó a la dirección Guillermo Fatás, quien no solo permitió sino que alentó nuestras colaboraciones, ya que él había trabajo en la revista hasta que se convirtió en semanario. Yo he escrito sobre todo de temas relacionados con el transporte y el medio ambiente”.

Sus últimos tiempos en las Cortes no fueron del todo agradables. “Un par de años antes de la jubilación me cesaron como jefe de servicio, a raíz de una discusión por cuestiones de trabajo con dos diputadas miembros de la mesa; llevaba 26 años dirigiendo el Servicio de Publicaciones. Luego estuve dos años en los que no tenía que hacer nada, tan solo fichar. Jubilarme fue una liberación”.

 

Afirma que la función de los gabinetes  se ha pervertido totalmente. “Cuando fui jefe del de las Cortes me planteé que mi función era servir de puente entre una institución novedosa en la historia contemporánea de Aragón y los medios informativos. Les mandaba dosieres previos, no información posterior. Hacía pocas notas de prensa y siempre de asuntos secundarios. Las Cortes no eran las que tenían que informar, sino los medios; si querían hacerlo y como ellos quisieran. En ningún momento se les debía decir lo bien o lo mal que lo habían hecho. Ahora las instituciones tienen más periodistas que la mayoría de los medios. Ya no son gabinetes de prensa, son oficinas de propaganda. Y lo peor es que como ahora los medios han reducido sus plantillas, tragan con las informaciones que les mandan, incluso con imágenes y sonidos ya editados”.

 

Presidencia de la APA 

En 1988, en un momento complicado en la carrera de Luis, recibió una llamada para optar a la presidencia de la entonces Asociación de la Prensa de Zaragoza.

Inauguración Centro de Prensa WEB

Luis Granell durante la inauguración del Centro de Prensa de Zaragoza, el 2 de julio de 1990. / ARCHIVO APA

“Plácido Díez y otros compañeros me animaron a presentarme a la presidencia. Vi el cielo abierto: la Asociación me brindaba la posibilidad de volver a trabajar en el periodismo, aunque no en la plantilla de ningún medio. No hubo más candidatos y salí elegido. Formé una Junta con periodistas que representasen a todos los sectores de la profesión. Nos planteamos muchos cambios, entre ellos unirnos con la asociación de Huesca que tenía pocos miembros y con los compañeros de Teruel. Así nació la  Asociación de la Prensa de Aragón. Celebramos una constitución con un viaje en tren histórico. Con la colaboración de AZAFT (Asociación Zaragozana de Amigos del Ferrocarril y Tranvías), hicimos un viaje con un tren de coches y locomotoras antiguas (dos de vapor y dos eléctricas), de Zaragoza hasta Ayerbe, parando en Huesca para presentar un libro de María del Rosario de Parada, en una colección reservada a los jubilados de la profesión.

La tarea más importante fue, quizá, la creación del Centro de Prensa de Zaragoza. Elegimos la fórmula de una Fundación, a la que la Asociación aportaba el uso de sus locales, y la DGA, el Ayuntamiento y la Delegación del Gobierno aportaron capital. Eso permitió reformar el local más o menos como está hoy. Pero el Ayuntamiento tardó un año en aportar el dinero al que se había comprometido y tuvimos que acudir a un crédito de Ibercaja. El pago de los intereses nos dejó en una situación comprometida. La siguiente Junta decidió disolver la fundación; los otros patronos consideraron amortizado el capital y no pidieron nada.

Pero la Asociación no tuvo serios problemas económicos, tanto por el aumento de socios (cuando entré había ciento y pico y cuando me marché más de 260, creo recordar), como por los ingresos que proporcionaba la licencia de bingo de que éramos titulares”.

 

En 2011 recibió el Premio de la APA a la trayectoria profesional. Declara que fue la guinda de su carrera.  “Cuando me jubilé me sentía incómodo por mi cese y por lo que tardaron en concederme la jubilación anticipada, así que el premio fue un bálsamo que me dijo <<olvídate>>. Fue muy agradable”.

El mensaje que manda a los jóvenes es que el periodismo es una profesión preciosa, que “ha significado mucho en mi vida y no puedo hablar más que bien de ella. Pero no me gusta mucho el periodismo que se hace ahora, se ha degradado terriblemente. Y me repugnan las condiciones laborales que se imponen a los periodistas jóvenes. El que se quiera meter en esto debe saber a lo que se enfrenta si quiere ser honrado y trabajar con la ética por bandera. Pero no hay otro camino”.