Inicio Opinión ‘No hace falta opinar de todo’, por Esther Aniento

‘No hace falta opinar de todo’, por Esther Aniento

211

Hay algo que se ha ido colando poco a poco en la vida cotidiana hasta convertirse en una especie de norma no escrita: la necesidad de tener una opinión inmediata sobre cualquier asunto. Da igual su complejidad, su lejanía o su carga personal. Lo importante parece ser posicionarse, decir algo, no quedarse fuera.

Se ve en conversaciones, en redes sociales y también en muchos espacios públicos. Ante cualquier tema, siempre aparece una reacción rápida, una frase cerrada, una conclusión que no admite demasiados matices. Como si quedarse en silencio, o simplemente reconocer que no se sabe, fuese una forma de debilidad o de desinterés.

Sin embargo, no todo requiere una opinión. Hay cuestiones que exigen tiempo, contexto o incluso experiencia directa. Y otras, sencillamente, pertenecen al ámbito íntimo de las personas y no necesitan ser juzgadas desde fuera. Aun así, se opina. Y se hace, muchas veces, sin haber pasado por ese proceso previo de entender.

En ese gesto constante de pronunciarse, se pierde algo importante: la capacidad de escuchar con atención. Opinar sin conocer en profundidad convierte temas complejos en discusiones simplificadas, en posiciones enfrentadas que apenas dejan espacio para el matiz. Lo que debería invitar a la reflexión acaba reducido a una sucesión de respuestas rápidas.

También influye la velocidad con la que circula la información. Las noticias llegan, se consumen y se comentan en cuestión de minutos. No hay apenas espacio para la pausa. En ese ritmo, pensar se convierte en un lujo y la opinión en una reacción automática. A veces ni siquiera nace de una reflexión propia, sino de ideas que se repiten y se adoptan sin apenas cuestionarlas.

Quizá por eso cuesta tanto mantenerse como simple espectador. Sostener la incomodidad de no tener una respuesta clara, de no saber qué pensar todavía. Pero esa incomodidad también forma parte de entender el mundo. No todo es inmediato ni todo tiene una solución sencilla.

Frente a ese impulso constante de opinar, convendría recuperar cierta calma. Aceptar que no siempre se tiene una respuesta y que no pasa nada por no tenerla. Que hay momentos en los que observar, escuchar o incluso callar resulta más honesto que emitir un juicio apresurado.

No se trata de renunciar a opinar, sino de hacerlo cuando realmente hay algo que aportar. Porque no todas las opiniones suman, ni todas ayudan a comprender mejor lo que ocurre. Y en ocasiones, el silencio también dice mucho.