La periodista Mari Cruz Aguilar gana el concurso de microrrelatos Mirambel Negro con “Las celosías de Mirambel”

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Mari Cruz Aguilar Oliveros, redactora en Diario de Teruel, se ha proclamado ganadora del Concurso de Microrrelatos Mirambel Negro, organizado por el Ayuntamiento de la localidad y la Comarca del Maestrazgo con motivo del Festival Aragón Negro, con su cuento “Las celosías de Mirambel”. Las bases del premio exigían contar una historia de género negro en un máximo de 200 palabras con el protagonismo de la noche, el misterio y Mirambel, a las que Mari Cruz Aguilar ha sumado además el elemento artístico más famoso y conocido del pueblo.

La entrega de premios tendrá lugar en la sala de conferencias y exposiciones del Convento de Mirambel, en la localidad turolense, el próximo 25 de febrero, después de que se aplazara la fecha inicial, prevista para el pasado sábado, por el temporal de nieve. La ganadora recibirá un lote de libros y de productos agroalimentarios de la Comarca del Maestrazgo.

Mirambel

Relato ganador

Las celosías de Mirambel

Las celosías estaban acabadas y todo el pueblo las admiraba. Solo él y la madre Cecilia, la superiora del convento, sabían que tenían alma. Más bien almas, las de las novicias que no habían aguantado el frío y la oscuridad de meses en la celda de castigo y acabaron quitándose la vida.

Las filigranas de las ventanas, todas artísticas y distintas, le sirvieron al albañil del convento para dar salida a unos huesos que Sor Cecilia no quería echar a los perros. Decía que se endemoniaban.

Él también se endemonió con aquel trabajo, pero no podía hacer otra cosa. Los huesos largos separaban los paños decorados, mientras que las costillas trazaban las florituras, más grandes y más pequeñas, como las monjas.

Entre ellos estaban los de Carmen, su amada antes y después de convertirse en sor Misericordia y de que un mal parto, sin más comadrona que la superiora, se la llevara a la tumba.

El albañil no purgó la culpa. Las noches de luna llena, que era cuando tallaba con más ahínco, aún se escuchan los repiqueteos del martillo contra los huesos. Solo le consuela que la superiora los oye todas las madrugadas, aunque sea en sueños.