María Torres-Solanot, fotógrafa de la fragilidad humana

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SILVIA LABOREO

Cuenta que cuando estaba estudiando en la Escuela de Arte una de sus asignaturas favoritas era la fotografía. Eso hizo que un día, cargada con unas diapositivas del carnaval londinense de Nothing Hill, llamara a la puerta, literalmente, de la revista barcelonesa Ajoblanco. Con ese reportaje comenzó María Torres-Solanot su periplo como fotoperiodista. Carrera que seguiría en la agencia Aragón Press y, posteriormente, en Heraldo de Aragón, donde estuvo trabajando 6 años.

Hasta que un día decidió lanzarse a crear sus propios proyectos como freelance. Proyectos que comenzaron con un trabajo casi antropológico en Australia y Nueva Zelanda, retratando la vida diaria de las tribus del Pacífico. De ahí pasó a documentar las festividades tradicionales de Japón, los cristianos de Damasco, los mineros de Cerro Rico de Potosí en Bolivia o los niños trabajadores del cementerio de Sucre, en Bolivia. Además, durante su estancia en Bolivia, María realizó una labor de voluntariado dando clases de fotografía en diversos centros para chicas y chicos en riesgo de exclusión. 

Desde que comenzara su labor como fotoperiodista freelance, María se ha recorrido medio mundo retratando lo cotidiano de los territorios y las vidas de sus gentes porque, como ella dice: “No busco la espectacularidad sino la emoción, el periodismo se trata de contar historias humanas”. Actualmente, se encuentra inmersa en un proyecto titulado “Fragile”, en el que retrata la vida de las personas que habitan en zonas de conflicto.

Este trabajo le ha permitido viajar por Ucrania, Palestina, Turquía, el Sur de Italia y Grecia, conocer realidades muy distintas ajenas a nuestra zona de confort y dar voz a aquellos que no la tienen. María cree que la fotografía es una responsabilidad, y considera que el periodista “no debe tomar distancia, no tiene que ponerse en un lado y la persona en otro, sino acercarse a ella”. Para la periodista, es muy importante ser honesto. “La objetividad es un mito. Hay que ser honesto, honesto 100%. El periodismo tiene una misión, sobre todo aquel que es comprometido”.

María Torres-Solnot

Pese a que sus fotografías retratan conflictos tan duros como el de Ucrania, el conflicto palestino-israelí, los problemas del pueblo kurdo o el terrible éxodo de refugiados, a María no le interesa la espectacularidad de la guerra. “Como dice Susan Sontag, no hay que buscar la belleza en la guerra. El conflicto puede ser muy espectacular pero debajo de este siempre hay escombros”.

Su particular viaje por la fragilidad humana comienza en 2014, cuando se traslada a Kiev (Ucrania) para cubrir el conflicto que asola este antiguo país soviético. En una sociedad dividida entre los pro-rusos y los pro-ucranianos, María dispara su cámara entre los restos de la revuelta, como la plaza de Maidán, uno de los epicentros del conflicto. “Lo que más me interesaba era ir más allá de contar quién llevaba la razón, sino dar voz a los protagonistas”. Entre sus fotografías se encuentran numerosos retratos que, según María, es un formato que “te da la medida de lo que pasa”. Viejos cosacos de mirada exhausta, fotógrafos sacados la época soviética, ruedas, hogueras, memoriales y víctimas, o escenas tan simbólicas como una partida de ajedrez entre los restos de las trincheras. La vida cotidiana de un lugar sin obsolescencia programada, anclado en el siglo pasado.

Tras Ucrania, María se traslada al Kurdistán, para conocer un poco más la historia y la cultura de los kurdos, un pueblo sin Estado. Esta etnia se encuentra dividida entre diversos países; Irán, Irak, Siria y Turquía. Actualmente, los kurdos plantan cara al ISIS y, mientras, luchan contra la beligerancia de Turquía, que actúa con violencia contra este pueblo. La fotoperiodista recorre los distritos de Balat y Fener, en Estambul, barrios que el gobierno turco está gentrificando y cuya riqueza reside en la multiculturalidad de sus vecinos. Antiguas fábricas, casas semiderruidas, o familias kurdas son los protagonistas de las instantáneas de este viaje. María también se traslada a otras ciudades, como Erzurum o Diyarbakir, capital del Kurdistán. “El presidente turco Erdogan quiere quitarse a los kurdos de encima pero ellos hacen el símbolo de la victoria, mostrando su poder de identidad y resistencia del que sabe que está siendo injustamente aplastado”, explica la reportera. Otras de las instantáneas más emotivas son aquellas que retratan el movimiento feminista kurdo, con mujeres guerreras que defienden su cultura frente a enemigos tan poderosos como el mismo Estado Islámico.

Palestina es el siguiente paso de este viaje por la memoria. Porque para la fotoperiodista, la fotografía es precisamente eso, memoria. “Es necesario dar testimonio de lo que pasa. Las víctimas quieren. El periodista tiene que tener una ética y un pudor pero… ¿qué pasaría si no se contaran las guerras? ¿Qué memoria quedaría?”, reivindica María Torres-Solanot. Ella llega a Palestina justo la última semana del asedio. “En Palestina hay una diferencia entre el poder de los israelíes y el poder de los palestinos. Tal como me enseñaron a mí, Cisjordania la quieren hacer desaparecer y los palestinos quieren que se cuente lo que pasa en su territorio desde 1968”, reclama. María recorre los campos de refugiados, la ciudad de Jericó “que se cae por su propio peso y en la que no hay nada, solo palestinos”, y diversas zonas de Jerusalén. Todo ello armada con su cámara y con el firme compromiso de dar a conocer qué es lo que está ocurriendo en este territorio bañado por el Mar Muerto.

María continúa con su proyecto Fragile, esta vez retratando el éxodo de los refugiados y la crisis humanitaria que vive Europa. Comienza esta fase del proyecto en Budapest, capital de Hungría. Allí, en pleno verano, cientos de personas se hacinaban en la estación central de Keleti, ya que el gobierno húngaro les impedía coger los trenes que les llevarían a Austria y Alemania. “Los húngaros no querían ni musulmanes ni refugiados”, explica Torres-Solanot. Esos días de verano, realiza fotografías que muestran la desesperación de aquellos que, billete en mano, no podían alcanzar la siguiente fase de su meta, las heridas en los pies, el cansancio, la dureza de las condiciones. Pero también fotografías que muestran la alegría de aquellos que por fin logran coger el ansiado tren, la solidaridad de los civiles voluntarios, los cientos de zapatos, comida y ropa que los húngaros llevan a la estación, los mapas que explican como llegar y la inocencia de los niños sirios jugando en las escaleras mecánicas. Contrastes que se expresan a través de unos cuantos píxeles.

Por último, la fotógrafa se traslada a la isla de Lesbos, en Grecia. Allí documenta la llegada de refugiados en lanchas que cruzan los 12 kilómetros del mar Egeo que separan Turquía y Grecia. Todas esas personas huyen de Siria y de las crueldades del ISIS. “Hay niños que tienen pesadillas con la música del ISIS. Cuando los terroristas llegan a un pueblo lo hacen con música épica, que se escucha en los pueblos de al lado y hace que tengan que huir”, explica María. Durante su estancia en Lesbos, la periodista retrata los rostros de aquellos que huyen, pero también de los voluntarios que se han trasladado allí para ayudar. Además, ha puesto en marcha una serie muy especial de retratos, ya que siente que los medios “cuando tratan el tema solo hablan de los refugiados”, sin explicar los nombres y las historias que hay detrás de esta colectividad. “A mí lo que me interesa son las personas, el trato con el otro, saber los sentimientos que tiene la gente”, asevera Torres-Solanot.

Hace solo unos pocos días que María ha vuelto de su último viaje. Pero Fragile aún no ha acabado. “Cada proyecto encierra muchos sub-proyectos, ya que cada uno de ellos tiene su idiosincrasia”, explica. Proyectos y trabajos fotográficos que conllevan una especie de responsabilidad porque, como bien dice María, “los poderosos ya tienen voz, ahora hay que dar voz a aquellos que no la tienen”.

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