Pepe Royo: “El periodismo cambió en los años ochenta porque cambió muy profundamente la sociedad y ahora está pasando lo mismo”

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El premio a la trayectoria profesional, que concede cada año la Asociación de Periodistas de Aragón, reconociendo toda la carrera de un periodista, ha sido este año para Pepe Royo (Madrid, 1950), un nombre vinculado especialmente a TVE, pero que en su paso por distintos medios y puestos directivos ha sido testigo de la evolución en el mundo del periodismo desde la llegada de la democracia hasta la crisis actual, que, como él destaca, no son más que un reflejo de los cambios en la sociedad.

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¿Cómo fue tu llegada al periodismo?

La verdad es que yo comencé a estudiar Ingeniería de Caminos e hice hasta cuarto curso, así que soy semingeniero; pero allá para 1970 descubrí que me gustaban más que las letras, aunque las matemáticas también, y me presenté al examen de ingreso en la Escuela Oficial de Periodismo. Cada año se presentaban más de 500 candidatos para 80 plazas; pero entré con el número dos.

Sucedió entonces que murió ya no recuerdo qué premio Nobel de Física y la necrológica que leí en el diario Arriba me pareció tan mal hecha que escribí una carta al director, que era Emilio Romero. Para mi sorpresa me llamó a su despacho y me dijo que la carta no la iban a publicar porque eso no le interesaba a nadie, pero que tenía cierto estilo y que si quería trabajar en el periódico. ¡Qué más iba a querer yo recién matriculado! Así empecé y hasta hoy. Y no me arrepiento.

Así que ya comenzaste a trabajar mientras estudiabas

Entonces era difícil encontrar a alguien que en segundo curso no trabajara, pero es que aparte de la Escuela de Periodismo solo había estudios en Navarra y otro de la Editorial Católica; salíamos al año doscientos  periodistas y el mercado reclamaba más.  En mi curso, la última promoción de la Escuela , coincidí con gente como Joaquín Estefanía o José Ramón Marcuello.

¿Cómo era el trabajo de periodista en estos años, entre el fin de la dictadura franquista y la democracia?

Yo entonces militaba en el PCE y tuve algunos problemas en el diario con algunos reportajes.  Así, tuve que comparecer en el famoso Tribunal de Orden Público por un artículo que publique en la Gaceta de Estudios Sociales, una publicación sindical pero en donde los delegados sindicales venían verdaderamente de Comisiones Obreras, y que simplemente explicaba el origen del 8 de marzo como Día de la Mujer, entonces de la Mujer Trabajadora.  No me pasó nada porque me defendió Javier Sahuquillo, uno de los abogados de Atocha; pero se me cerraron puertas.

A Zaragoza vine por amor, porque mi novia era de aquí. Conseguí una plaza en Amanecer, que era el diario provincial del movimiento y lo seguí pasando muy mal porque mi militancia clandestina era conocida por todos. Además, era un periódico ruinoso y sin ventas; cuando nos preguntaban cuántos ejemplares tirábamos, decíamos que todos. En el año 79, se cerraron o vendieron todos los periódicos estatales y me quedé sin trabajo; de lo último que cubrí antes de cerrar fue el incendio del hotel Corona de Aragón. Como nos debían el sueldo, hubo un compromiso, que algunos compañeros aprovecharon, de recolocarnos en la Administración; pero yo aproveché para presentarme a unas oposiciones de RNE y como saque el número uno pude elegir plaza en Zaragoza.

Entonces era una radio tan curiosa que la primera noticia del informativo era siempre el color del manto de la Virgen del Pilar. Había excelentes periodistas, como Vicente Merino en deportes, pero era una radio del antiguo régimen y los nuevos,  José Luis García Sánchez y yo, teníamos ganas de revolución.  Hasta que en 1982, cuando se creó El Día, Pablo Larrañeta no me ofreció ir como jefe de la sección de Aragón, no pude hacer el periodismo que quería.

Los años 80 son vistos ahora como una época dorada de la prensa…

Ahora que El País cumple 40 años, y pese a cómo sea su momento actual, lo cierto es que dio un meneo fundamental al periodismo. Periodistas de unos 30 años, que queríamos ser profesionales como los del resto de Europa o Estados Unidos,  nos hicimos cargo de los medios; éramos demasiado jóvenes, pero los mayores venían de un periodismo antiguo. Aprendí mucho de algunos de los que llamábamos dinosaurios, pero nosotros habíamos viajado, leíamos prensa extranjera… El fundamento fue el cambio político, porque el periodismo no es ajeno a la sociedad, pero fue un cambio fundamental.

Se hizo un magnífico periodismo entre los años 80 y 90 y desde luego en Aragón. En  El Día estaban gente como Plácido Díez, Luis Granell, Lola Campos, Concha Montserrat… un grupo extraordinario. Y coincidió también con una renovación de Heraldo.

De estos primeros años de la democracia queda una imagen un tanto bohemia: noches de copas, compadreo con los nuevos líderes políticos…

Sí, es cierta. Habría que matizarla, pero los periódicos se cerraban a las dos de la madrugada y, claro, te ibas a tomar unas copas, donde además conocías a la gente más insólita y los compañeros de sucesos hacían su agosto. Y sí los políticos también salían y te relacionabas con ellos porque años antes eran tan clandestinos como nosotros y los conocías por ser miembros sindicales o de su trabajo. Algunos, como Carlos Pérez Anadón, siguen siendo amigos míos casi cuarenta años después.

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Volvamos a tu trayectoria profesional, porque en 1983 vuelves a Madrid y comienzas a trabajar en Televisión Española

Me surgió la oportunidad porque tras la primera victoria electoral del PSOE, con José María Calviño como director de RTVE entró como director de informativos Enrique Vázquez, al que yo conocía porque colaboraba con una página semanal en El Día sobre política internacional. Así, que por su mediación entré como redactor del Telediario 3, aprovechando que era funcionario de la casa en excedencia.

A los quince días, el PCE celebraba un congreso para nombrar nuevo secretario general y en el telediario del mediodía habían asegurado que Gerardo Iglesias no iba a salir, pero yo aún tenía contactos en el partido y di la información correcta, que se confirmó al día siguiente. Entonces nombraron director del Telediario 3 a Felipe Mellizo y el pidió que yo fuera de subdirector, ¡al mes y tres días de llegar! Y ya he seguido mi carrera en Televisión Española hasta el final.

Esa fue una etapa de mucho trabajo, pero estupenda porque hicimos un telediario muy rompedor para aquel entonces. Felipe presentaba a veces con jersey, dábamos mucha información cultural… Un día decidimos empezar con la sinfonía 40 de Mozart, diciendo que Felipe González no había dicho nada nuevo en su comparecencia; así que al día siguiente llamaron muy enfadados de La Moncloa. O el día en que para celebrar el aniversario de Kavafis pusimos su poema “Esperando a los bárbaros” con imágenes de unas maniobras militares de la OTAN. ¡Esto antes del referéndum! Enrique Vázquez nos echó la bronca por las llamadas que tuvo, pero el aguantaba las presiones y nos dejaba hacer. Cuando se habla de libertad de expresión, esto es un ejemplo.

Allí estuve hasta el 85, cuando unificaron en una sola redacción central todos los telediarios. Luego pasé a jefe de Nacional, con gente como Arturo Pérez Reverte o María Antonia Iglesias, y a director adjunto del Telediario de La Dos; pero ya entonces no me llevé bien con los nuevos responsables, por  ejemplo por dar la noticia del paseo de Felipe en el Azor, el yate de Franco, y me nombraron jefe de redacción parlamentaria, donde me lo pasé muy bien, pero que era un cargo para arrinconar a gente mal vista.

¿Por eso volviste a Aragón?

En 1986, tras la segunda victoria del PSOE, entró como directora general de TVE quien para mí ha sido la mejor en el cargo, Pilar Miró, y nombró a Julio Benito director de informativos, que como era amigo me metió en el embolado de dirigir el Centro Territorial de Aragón. Yo ya tenía en Madrid mi vida, mi casa, pero volví en enero de 1987.

Todavía era la edad de oro de TVE, que tenía grandes beneficios sin privadas y en un momento de despegue económico, una primera burbuja inmobiliaria en los años de la Expo y los Juegos de Barcelona. Pude poner en marcha muchas ideas porque Pilar Miró apostó de verdad por los centros territoriales. Entonces había un informativo a mediodía, que le cambié el nombre de Meridiano a Telearagón, y un magacín, y llegamos a diez programas semanales y dos informativos diarios.

Pero la situación cambió mucho. Cuando llegué, el presupuesto de Aragón era de 130 millones de pesetas, sueldos aparte: para producción de programas y complementos salariales. Cuando cesé, en 1996, era de 34 millones. Tenía  plaza en Madrid, pero preferí quedarme como redactor en Zaragoza.

Lo cierto es que tenía cierta frustración porque me había pasado años en despachos y no había desarrollado mi oficio de redactor. La gestión de personal es complicadísima y me costó, pero me dio otra visión del periodismo que no tenía. Volví a los reportajes y me lo pasé muy bien, con oportunidades como estar en Kosovo en el año 2000, aprovechando un semestre en el que muchas unidades militares españolas allí eran de Aragón.

En 2005, volví a la dirección y me encargué de las distintas elecciones y la Expo. Ya podía prejubilarme de TVE desde 2007, así que al día siguiente de terminar la Expo, terminé mi carrera.

Dicen que un periodista no se jubila, ¿qué haces en tu caso?

Mi afición verdadera siempre ha sido escribir. En 2001 ya gané, ex-aequo, el premio ciudad de Barbastro con mi novela “Siempre llueve en Santa Urgosia”, que según la presidenta del jurado, Soledad Puertolas, es una mezcla de novela gótica y de realismo mágico. Ahora estoy animado con algunos proyectos literarios.

¿De toda tu trayectoria, qué noticia destacarías?

Desde el punto de vista sentimental recuerdo un accidente cuando trabajaba en Radio Nacional. En un pueblo de Los Monegros, una niña de 4 años se cayó a un pozo del canal del Cinca. Era un rescate muy difícil porque el terreno estaba inundado por las lluvias y yo entraba cada hora para contar los avances desde el único teléfono público del pueblo. Pedí paso en cuanto dijeron que la habían rescatado y allí mismo oí que estaba ya muerta. Me eché a llorar en directo porque la implicación emocional es muy fuerte.

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Antes hablabas del momento de cambio y esplendor que vivió el periodismo tras la muerte de Franco ¿Cómo ves la situación actual de la profesión?

Si el periodismo cambió en los años ochenta  es porque cambió muy profundamente la sociedad y ahora está pasando lo mismo y hemos pasado de una onda expansiva a un momento de reflujo. Problemas como los sueldos bajos, las jornadas de sol a sol, el abuso de los becarios se den en otras profesiones. La diferencia es que la crisis del periodismo amenaza a la libertad de expresión.

Un problema específico es que el mercado laboral es absurdo: salen cada año siete mil titulados y yo dudo mucho de que haya tantas vocaciones, porque además el periodismo ha estado siempre mal pagado, incluso en las épocas buenas no podías comparar lo que ganaban los tres periodistas más destacados de Aragón, con los tres arquitectos o los tres abogados… La profesión no es un sacerdocio pero cas, te tiene que gustar.

Y lo más importante es que las empresas periodísticas han pasado a ser simplemente empresas, sin más norte que el beneficio, el beneficio económico, el político o el que sea.

Según una frase extendida, son malos tiempos para ser periodista, pero buenos para hacer periodismo

La información ahora se tiene gratis y lo gratuito no es bueno. Ahora el redactor jefe es el ordenador, que es el que distribuye el trabajo según la agenda de previsiones. En El Día no íbamos a las ruedas de prensa, salvo para preguntar algo específico; pero ahora el cargo de redactor jefe sobra.

Si antes se decía que el periodista contaba a la gente lo que hacía la gente, ahora sobra, porque la gente se cuenta a si misma y el intermediario sobra. No nos hemos sabido adaptar aún, pero el periodista no va a desaparecer. Siempre va a hacer falta valorar, contextualizar y discriminar la noticia; pero hay que encontrar nuevas fórmulas.

Y una pregunta obligada: ¿cómo valoras haber recibido este premio de la APA a la trayectoria profesional?

Es una enorme alegría, que sinceramente no me esperaba. Destaco que es un premio concedido por los compañeros, porque muestra como en Aragón  tenemos la ventaja sobre Madrid de que todos nos llevamos bien y el compañerismo funciona.

 

Joaquín Marco