Rinconadas

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Cuando uno lleva ya bastantes años de jubilado –que, no lo olvidemos, viene de iubilare, con el eco alegre de esta palabra latina- poco a poco, no siempre de modo voluntario, la vida le va convirtiendo en mero elemento espectador. Aquel viejo dicho de siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tus enemigos va dejando clara su estupidez, porque los verdaderos enemigos no mueren nunca, siempre hay quienes toman su lugar, mientras que son los amigos los que se marchan para no ser sustituidos por nadie. El caso es que uno se va pareciendo más y más a aquel personaje de la baronesa d’Orczy, el Viejo del Rincón, que no se movía de su sitio en un café, pero, más o menos, se enteraba de todo.

A este Viejo del Rincón que soy yo, aunque sin veleidades detectivescas, le ha venido de perlas la invitación de escribir alguna rinconada, recibida de la Asociación de Periodistas, en la cual ingresé en 1962, recién llegado a nuestra Zaragoza. Cuando aún se llamaba de la Prensa y era feudo de los directores de periódicos, siendo nosotros, los profesionales, meros súbditos, simples y sumisos currantes. Pronto nos dimos cuenta de que la sujeción –no siempre dura, la verdad- a los mandos a veces iba más allá de la consabida que llegaba de más arriba. Es decir, de los que se habían colocado encima y tenían por alfombra a todo el país. Ya hablaré, en otra ocasión de aquella censura que además de humillante era, sobre todo, estúpida.

Pero ahora, para abrir boca, quiero referirme a esa odiosa servidumbre que supone el estar permanentemente expuestos –se aprende, menos mal, pronto a no estar sometidos a ella- a la opinión de los lectores. Lo cierto es que hemos de acostumbrarnos y acaba resbalando sobre nuestras, por suerte, endurecidas pieles. Es un tópico decir que trabajamos para el lector; demasiado obvio, pero no del todo cierto. Trabajamos para el lector… que sabe leer. Recuerdo, hace años, en plena transición –palabra que suelen escribir con una mayúscula y yo me resisto a hacerlo-, tras haber publicado un artículo aprovechando lo que hasta entonces no conocíamos salvo por el diccionario, la libertad, se acercó a mí cierto sujeto, declarado y conspicuo turiferario del régimen anterior, y me abrazó, exclamando: “¡Así, así se dicen las cosas, bravo!”. Me llevé un sofocón terrible, temiendo haberlo escrito borracho. Porque, normalmente, aquel individuo me tenía que haber perseguido a palos. Recordaba aquello de Moratín: ,Más pesadumbre tuviera si te gustaran a tí … Me precipité, en la primera ocasión, sobre la página donde yo había sin duda desbarrado, y me fui tranquilizando y recuperé la serenidad. ¡Aquel lector no se había enterado de nada! Todo lo había entendido al revés. Acaso por fortuna, quién lo sabe, el tipo abunda.

En otra oportunidad, escribí, creo que fue en la Hoja del Lunes, unas lucubraciones en apariencia superficiales, sobre cierto cambio en la juventud. Parecía el macho ibérico tradicional no tener entonces tanto predicamento entre las muchachas. Gustaban chicos con traza más refinada, más preocupados por su figura y su presencia, casi coquetos. Pensaba yo que quizás aquello era bueno, significaba un acercamiento a lo femenino, un relativo abandono de la sobrecarga machista que, al fin, nada bueno había traído a la sociedad. Los llamaba, no sé si con acierto o tontamente, los “Elloas”. Recibí de inmediato una carta suscrita por un energúmeno, poniéndome verde. Entre otras muchas cosas, de semejante corte –y confección-, me preguntaba en qué seminario había aprendido el nefasto vicio contranatura y acababa con un exaltado canto, de acentos de Píndaro, a aquellos fuertes varones que imponían siempre su voluntad y sometían a ella a sus mujeres, de grado o no. Naturalmente, el buen señor, era un rescoldo imbécil de fuegos que, incluso hoy, enmascarados, arden todavía.

¿Qué he querido decir con esto? Animar a los jóvenes periodistas, nunca desengañarlos, a que se preparen, a que no se inmuten por la multitud de idiotas con los que van a lidiar. Ser periodistas y no perecer en el empeño exige muchas agallas. Y no, por supuesto, solo por lo dicho, que son obstáculos menores. Ya llegará el momento de hablar, desde mi rincón, de los mayores: las censuras varias, de ayer y de hoy; las corrupciones, de arriba y de abajo… y de siempre; la degeneración del idioma por culpa de los malos ejemplos; la supuesta libertad, tantas veces limitada a un simple y halagador olorcillo, con la secuela de la difícil y necesaria independencia…

José H. Polo

Periodista