En homenaje a Manu Leguineche

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En la vieja Escuela de Periodismo de Madrid, donde nos formamos tantos periodistas veteranos antes de que se crearan las Facultades de Ciencias de la Información, nuestros profesores (magníficos periodistas, a pesar de las duras dificultades que tuvimos que afrontar durante el franquismo para el ejercicio de la profesión) nos repetían, una y otra vez, hasta la saciedad, que los periodistas no somos noticia. Es verdad.

Pero, lógicamente, hay excepciones, y por ejemplo, ayer, lamentablemente, conocíamos la triste noticia del fallecimiento de Manu Leguineche, en un hospital madrileño, a los 72 años, tras una larga enfermedad que lo había condenado a vivir en silla de ruedas, en su refugio de Brihuega.

Considerado el mejor corresponsal de guerra español, cubrió conflictos bélicos en Argelia, India, Pakistán, Vietnam y Afganistán en las décadas de los 60 y los 70. Fundador de las agencias de noticias Colpisa y Fax Press, y autor de numerosos libros de guerras y viajes, pero, sobre todas las cosas, fue un hombre bueno.

Manu Leguineche, como ha escrito Diego Carcedo, – que fue compañero suyo en algunas batallas periodísticas-, era “una figura del periodismo admirada y respetada tanto por sus lectores y espectadores, como por sus compañeros en la competencia por obtener una noticia o por divulgarla el primero, lo que siempre resulta más difícil. No tenía enemigos. Sólo tenía amigos y pocos. Ayudaba a todo el mundo, estimulaba a quienes sin manifestarlo queríamos lo imposible, que era superarle, y se convertía en el paño de lágrimas en el que nos refugiábamos cuando la emoción o la incertidumbre embargaban el ánimo de quienes compartíamos con él angustias y fatigas”.

Por mi parte, digo que para hablar de Leguineche, no nos valen las típicas palabras encomiásticas, simplemente escritas para cubrir el expediente de la necrológica de turno. Creo que coincidimos todos en la admiración de un hombre al que queríamos por su independencia, honestidad y buen hacer periodístico.

Pienso que hablar de Manu, aunque sea en estas tristes circunstancias de su muerte, es una buena ocasión para insistir en la necesidad de gente que se dedique a este oficio del periodismo, con rigor, conocimiento y valor.

Y concluyo: decimos que sin periodistas no hay periodismo (da igual que sea digital, o en cualquier formato). Es verdad. Sin periodistas,- añado-, íntegros, valientes, dispuestos a jugarse el tipo por informar de verdad sobre lo que está pasando, donde sea, y cuando sea. Ese puede ser, probablemente, el mejor legado que nos deja este gran periodista.

 

* Juan José Morales Ruiz es periodista y profesor. Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona, profesor tutor de Historia Contemporánea (UNED). Ha sido Director de Comunicación del Colegio Montessori, y Vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Aragón