“Sin calidad de vida no hay potencia que valga” por Mercedes Ventura

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En un mundo cada vez más polarizado, donde los extremos ganan terreno y los discursos populistas se disfrazan de soluciones, hace falta reivindicar los matices. Porque si el tablero internacional se empeña en dividirnos en bloques —Occidente frente a Oriente, democracia frente a autoritarismo—, conviene recordar que no todo vale.

No estamos sólo en medio de una guerra comercial, estamos en pleno ataque a un modelo de sociedad que no interesa a los poderosos, ni a los autoritarios. Un modelo basado en la cooperación, la solidaridad, la diversidad, sobre la idea de que nadie debe quedarse atrás y de que el progreso debe medirse en bienestar, no solo en PIB. Un modelo que, en tiempos de crisis, responda con redes de protección y no con muros.

Ahora que se cuestiona la fortaleza o no de Europa podemos enarbolar una bandera social que deja claramente en desventaja a Washington o Pekín.  ¿A quién inspira la exaltación de figuras como Donald Trump? Su retórica de confrontación, su desprecio por las instituciones, su negación de la ciencia y su desprecio hacia el diferente no son solo rasgos personales: son el reflejo de un modelo fallido. Estados Unidos, con toda su potencia económica y militar, ofrece a sus ciudadanos una calidad de vida inferior a la de muchos países europeos: menor esperanza de vida, peor acceso a la sanidad, mayor desigualdad, más violencia, menos cohesión social. ¿De verdad es un referente a seguir?

Tampoco lo es el autoritarismo tecnocrático de China. Aunque su crecimiento económico impresione y su disciplina estatal parezca eficaz, el precio a pagar es demasiado alto: libertad de expresión cercenada, vigilancia masiva, represión de minorías. El progreso económico sin derechos no es un modelo.

El ruido populista no debería hacernos olvidar que el verdadero progreso no consiste en gritar más fuerte, sino en cuidar mejor. Sin calidad de vida, de nada sirve a la ciudadanía ser parte de una gran potencia mundial. Importa, y mucho, un modelo de sociedad que no se base en el poder por el poder, ni en la obediencia ciega, ni en el miedo. Un modelo que, incluso en medio de la tormenta, siga poniendo a las personas en el centro.