‘Una inmediatez que deshumaniza’, por Naiare Rodríguez Pérez

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¿Dónde está el límite de la difusión de información y la retransmisión de piezas audiovisuales, que lejos de ser humanas, muestran situaciones escabrosas sin filtros? ¿Hasta qué punto la sociedad necesita de esas fotografías y vídeos de suicidios, homicidios, asesinatos, accidentes o secuestros en primer plano o detalle? ¿Ofrecemos comida a quien tiene hambre o los que tienen hambre nos solicitan comida en abundancia por si algún día no vuelven a tener? ¿Es morbo, interés o inmediatez?

Ayer, 23 de noviembre de 2021, se suicidó frente a la policía un joven sirio de entre 25 y 30 años que presentaba supuestamente problemas mentales. Las personas que estaban allí, incluso antes de protegerse por desconocimiento y como reacción normal al miedo, sacaron sus teléfonos móviles y comenzaron a grabar. Lo subieron a redes sociales minutos después. Lo peor es que les sucedieron algunos medios de comunicación, quienes hicieron eco del momento exacto en el que el joven se estaba quitando la vida y en el que, además, estaba desnudo. Y yo me pregunto: ¿De verdad hemos reducido una vida a clics, visitas y me gustas de algo que ni siquiera tendría que gustar? ¿Y la intimidad de esa persona y de su familia que se ve como un número?

Esto, que sucedió ayer pero que también ha ocurrido en situaciones como el atentado de Barcelona de 2017 -cuando se viralizó la imagen del menor de edad fallecido tendido en el suelo-, es un fiel reflejo de cómo se está deshumanizando el sufrimiento y la comunicación. Buscamos historias de vida, visibilizar, incluir y fomentar la diversidad, pero no acompañamos ni actuamos de manera correcta en el final de muchas de ellas. En definitiva, hacemos un flaco favor y banalizamos realidades que requieren un toque de atención como, en este caso, el cuidado de la salud mental e informativa.

“La inmediatez nos conduce, en ocasiones, hacia las garras de la frivolidad al intentar informar en primera persona y, sobre todo, hacerlo antes que nadie

Creo que la inmediatez nos conduce, en ocasiones, hacia las garras de la frivolidad al intentar informar en primera persona y, sobre todo, hacerlo antes que nadie. Esto ya no solo como medio de comunicación, sino como persona que presencia un hecho de tal calibre. La inmediatez nos segrega de los valores que fomenta el buen periodismo y con los que estoy segura que comulgamos muchas de las personas que ejercemos esta profesión. Vivimos con ritmos acelerados en los que la actuación va un paso por delante del pensamiento y la razón. Todo ello lo hacemos en un escenario donde, como periodistas, hay que conjugar la labor social de los medios de comunicación, el reconocimiento profesional, y los nuevos ritmos y formas de informar introducidas por las redes sociales.

Es necesario hablar de lo que se hace bien, pero también es importante tachar y señalar estos casos en los que ha primado el ansia de enterarse, compartir y difundir. En este escenario, la coherencia informativa se ha relegado; sus bases no deberían romantizar lo que sucede, pero sí replantear la forma de contarlo.

Frente a la deshumanización e información que “sobreinforma” tenemos que seguir haciendo mucha inmersión social y mucho análisis ético y riguroso de medios y contextos. Apostemos por una comunicación menos influencer y más alejada del ego. Lo que dijo Ryszard Kapuscinski es cierto: “Para ser buen periodista hay que ser, lo primero, buena persona”. Y las buenas personas siempre deberían respetar, aun en el ámbito profesional y a contrarreloj, la integridad de otras.