Crueldad y terror, más allá de la muerte

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“Crueldad y terror, más allá de la muerte”, titula así el periodista Manuel Español un artículo de opinión que muestra las impresiones de su viaje a Polonia, en concreto a Auschwitz. Español ha compartido con la Asociación de Periodistas de Aragón las instantáneas que captó a su paso por los campos de concentración, así como el texto, que ya puede encontrarse publicado en su blog ‘Mundo Mágico‘.

 Ha pasado una semana desde que llegué de Polonia. El país me enamoró y parte de mi corazón se ha quedado allí, entre sus gentes sufridoras y a la vez encantadoras y abiertas. He intentado beber de las fuentes de la historia y ya no soy la persona que era, a la que siempre le ha gustado la broma, mirar siempre hacia adelante con una sonrisa dibujada en mi rostro. Dicen que el tiempo lo cura todo y me muestro reticente hacia ese pensamiento, si bien puedo asegurar que intentaré recuperarme, volver a reír y a tratar de hacer reír. Sé que es difícil, muy difícil, pero espero lograrlo tanto por mí como por las personas que me rodean, que no se merecen esta mirada mía tan apagada, que no hace más que reflejar lo que siento en estos momentos.

La crueldad y el terror más allá del límite hallada en los dos campos de Auschwitz, me han dejado mal, muy tocado. Según la información que se conserva en los archivos del antiguo KGB, las SS hitlerianas mataron a más de cuatro millones de reclusos, judíos en su gran mayoría, si bien igualmente los había de etnia gitana y muchos ciudadanos polacos. De acuerdo con el testimonio de un superviviente que igualmente figura en los documentos de los servicios secretos rusos, se asegura que la cifra de víctimas muertas violentamente ascendió a seis millones.

Con estos últimos datos ofrecidos ya sé que no aporto nada nuevo, que para eso están los documentos y los propios libros de Historia. Mi corta pero intensísima experiencia en estos campos de la muerte cruel y violenta, me ha llevado a reflexionar, a sentir asco total hacia los responsables del genocidio. Allí, en mi visita, coincidí con un grupo de oficiales del Ejército de Israel, que no podían evitar su semblante triste y serio. Les comprendí inmediatamente.

Tanto al campo de concentración como al de exterminio, que se hallaban entre sí a muy corta distancia, habían sido trasladados durante la Segunda Guerra Mundial, judíos procedentes de toda Europa. Tuvo que llegar el 27 de enero de 1945 cuando varias unidades de la División 100 del Ejército Rojo liberaran a los 2.819 prisioneros que permanecían en un lamentable estado de vida. Pero entre el comienzo de la guerra y la fecha de la liberación ocurrieron auténticas calamidades, jamás justificadas ante los ojos de la razón y ante los de los sentimientos interiores humanos.

En el inicio de los conflictos, el hecho de ser judío en Polonia ya era un estigma. Tanto es así que se les obligó a vivir hacinados en guetos sin poder salir de los mismos, y siempre con la estrella de David cosida en el brazo, sin que nadie hiciera nada por impedirlo. Así, poco a poco, día a día, eran sacados de sus “moradas” y llevados a Auschwitz, donde a los niños, ancianos y mujeres se les sacrificaban en las cámaras de gas, para luego ser incinerados en los hornos crematorios. Los jóvenes, mientras servían para trabajar, eran mano de obra barata hasta que no podían resistir más. Así sucedió que en 1943 se produjo un levantamiento judío por parte de personas que sabedoras que iban hacia una muerte segura, con las pocas armas que tenían y con el tímido apoyo de la Resistencia Polaca, que tampoco disponía de muchos medios, se lanzaron abiertamente contra el enemigo causándole numerosas bajas. Sabían que no conseguirían nada, pero por lo menos iban a morir como valientes y con dignidad. Así hasta que los nazis se rehicieron y jamás demostraron el menor síntoma de piedad.

Si ya personalmente había leído numerosos libros de Historia, no es lo mismo enterarte desde tu propio domicilio de asuntos tan terrible, que ser visitante de unos escenarios en los que se escribió una auténtica vergüenza de la humanidad, contada en el propio lugar con el apoyo de un inmenso caudal fotográfico otro con escritos perfectamente documentados. Allí, aun a pesar de la distancia de alrededor de setenta años, se nos transmitían vivos los lamentos de unas víctimas que pedían justicia, que no las olvidásemos nunca para no repetir los mismos errores con el devenir de los tiempos.

La crueldad era impartida con los estilos de las más bajas calañas. Nada más llegar allí los reclusos eran desnudados y se les tatuaba en los brazos su número correspondiente, que a partir de ese momento iba a significar su propia identidad, ya que el nombre propio no se les reconocía. Si alguno de ellos lo decía de viva voz, la tortura iba a ser implacable y el propio y último suspiro se transformaba en un deseo.

Todos los días se registraban numerosas bajas entre los apresados. No me fue mostrado ninguna cámara de gas, pero sí los hornos crematorios. Se me pusieron los vellos como escarpias cuando recibí las explicaciones de polacos nada sospechosos. A los prisioneros se les desnudaba completamente para acudir a las duchas higiénicas muy aparentes, pero de las que salía gas en vez de agua y de esta manera eran masacrados. Asegurados los verdugos de que el genocidio había sido consumado, entraban a las cámaras, se revisaban las dentaduras de oro que llevaban algunos cadáveres, así como piernas ortopédicas y otros aparatos auxiliares, que iban a parar a propiedad nazi. En ambos campos se mostraban al público de hoy en día, de trajes de presidiarios que una vez fallecidos sus propietarios iban a parar sin limpieza alguna a otros usuarios, así como zapatos de niños, zapatos de mayores y ancianos, orinales, fotos de auténtico impacto y espanto con personas desnutridas y esqueléticas, y las ya mencionadas piernas ortopédicas.

De acuerdo con mi criterio particular, lo más lamentable, lo más terrorífico, era que buena parte del personal que conducía a los “reos” a las “duchas”, estaba reclutado de voluntarios de los propios judíos, a quienes se les prometía ser liberados si lo hacían bien. Hacían un trabajo muy sucio violando incluso los cadáveres de los suyos. A pesar de todo, con el peso de la conciencia sobre ellos, eran vilmente engañados y luego asesinados. Eran otros números más que luego serían quemados en los cinco hornos que había en funcionamiento, con una capacidad de incineración de 270.000 cadáveres al mes.

Mientras tanto, y a lo largo del período nazi, en los dos campos de Auschwitz había unos equipos científicos y médicos que experimentaban con los apresados, a quienes les inoculaban enfermedades y luego eran curados o no, pero que siempre acababan en las cámaras.

Diez días antes de la llegada de las tropas rusas del rescate, sabedores los nazis de que su derrota estaba próxima, procedieron a dinamitar las cámaras de gas y los crematorios, las huellas del horror. No lo consiguieron. Quedaron testigos y la historia está escrita. Han quedado muy pocos sin mancha.

Polonia es un gran país al que quiero, que ha conocido el sufrimiento como nadie, con numerosas invasiones por parte de Alemania, Rusia y Suecia, hasta el punto de haber sido borrado del mapa durante cerca de cien años, que hasta no hace demasiado ha sido dominada por el régimen soviético, pero que como el ave fénix ha sabido resurgir de sus cenizas. Ahora es miembro de pleno derecho de la Unión Europea y por consiguiente asociada a Alemania, país que está invirtiendo mucho dinero.

El dolor de la humanidad, no obstante, ha quedado grabado a fuego en los propios cuerpos, en las propias almas de todas las personas sensibles. Desgraciadamente, el mundo no ha aprendido. Estados Unidos masacró Japón con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, e hizo lo propio en Vietnam arrasando aldeas enteras y campos de cultivo con bombas napalm a fin de vencer por hambre a unos enemigos con los que no pudo. Hay muchos niños que mueren todos los días, también de inanición en el tercer mundo, cuando en la tierra existen alimentos suficientes como para evitarlo. A veces hay que quemar campos de trigo enteros para enriquecer los intereses creados y que no bajen tanto los precios.

Ante esta circunstancia ¿no es para estar triste?

Manuel Español

Periodista

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